viernes, 29 de mayo de 2026

 






Segundo premio en el XII concurso de Relatos Cortos de ALUMA de la Universidad de Granada.


         LA LETRA, CON AMOR ENTRA

 

            Levanté un momento la vista del libro que estaba leyendo en voz alta y miré de soslayo su rostro. Nada había cambiado en su semblante, la misma expresión adusta, la mirada perdida en un punto indefinido de la habitación, ni un gesto ante la interrupción de la lectura.

            Yo había hecho esta parada para ver si adivinaba ese atisbo de sonrisa que siempre se producía en su cara al llegar a este verso, en el que ella siempre apretaba un poquito mi mano, de forma cómplice, y levantaba ligeramente la comisura de sus labios, pero hacía días que no reaccionaba de ninguna manera en este punto de mi lectura.

Hace muchos años, la situación era inversa, ella leía y yo escuchaba. Era ella la que se detenía en determinados párrafos, o me hacía preguntas sobre el texto. Ella me inculcó casi todo lo que sé, me enseñó a leer con la infinita paciencia que sólo posee una maestra de escuela, esa maestra que por un exiguo sueldo de los de antes, se afanaba en que, hasta los chiquillos menos voluntariosos consiguieran acabar la primaria con las cuatro reglas aprendidas. Esa maestra que hacía de la tabla de multiplicar una canción con la que aprender todas las cifras, que enseñaba a sus niños a rezar, que hablaba de la Historia de España y de su geografía con tanto énfasis que parecía que estaba contando un cuento divertido.  Era una  mujer valerosa que, en plena posguerra, viuda, con cinco hijos a los que alimentar, luchaba para que los niños no faltaran a clase, que compartía lo poco que tenía con los que aún tenían menos. Esa mujer que se quedó sin desayunar  cada día  para dar el trocito de ese pan terroso y negro a algún chiquillo, al que sabía a gloria, porque no probaba bocado desde el día anterior.

Era la maestra que abrazaba y consolaba a aquellas criaturitas desvalidas que acudían a su escuela, ateridas de frío, con las caritas rojas y ásperas, con los moquitos colgando y con sabañones en las orejitas. Quería que tuviesen una oportunidad para ganarse la vida honradamente con su trabajo el día de mañana, sabía que la educación, y un poquito de cultura les abriría unas puertas que, de otro modo, estarían cerradas para ellos, pues todos eran de familias muy modestas. Ella nunca aplicó aquello de “La letra con sangre entra”, sino que hizo una versión propia que podría haberse titulado: “La letra con amor entra”, y si además del amor hay un poquito de pan para acompañar, mejor que mejor.

En definitiva, Doña Aurora, era la maestra a la que todos profesaban un inmenso respeto, humana y valerosa. Trabajaba codo con codo, con el párroco para seleccionar ropa donada, para administrar lo poco que se recaudaba en el cepillo de la iglesia, aunque tampoco había mucho para repartir, pero ella no se rendía. Nunca le importó aprovechar las tertulias literarias, de las que era asidua, para dejar caer las necesidades de su escuela entre aquellos colegas, muchos de ellos, “con posibles”, intentando conseguir algunos fondos para sus niños, para proveerlos de algo de pan con el que acompañar aquellas botellitas de leche que el Estado mandaba a las escuelas y que a veces constituían  el sustento de todo el día .

 El año en que se produjo un devastador terremoto que asoló la ciudad y derribó las precarias construcciones del barrio más castigado de la zona, ella se llevó a varios chiquillos a su casa durante una temporada, mientras los padres intentaban solucionar aquella dramática situación. Aquellos niños compartieron cama y mesa con los suyos propios, a los que enseñó esos valores morales tan importantes, con el ejemplo más que con la palabra. Sus hijos, aprendieron de ella a dar calor y cariño a otros más desfavorecidos, a compartir lo poco que tenían, pues aquellos años fueron malos para casi todos, pero ella les inculcó que medio vaso de leche caliente entonaba igual o más que uno entero, si el otro medio lo compartías con quien no tiene nada para calentar la tripa. Sus hijos durmieron abrazados a otros niños,  y con todo esto, Aurora consiguió hacer grande el alma de unos y otros,

            Cuando yo llegué a su vida ya estaba retirada de la docencia, hacía unos años que ya se  había jubilado, pero la necesidad de seguir enseñando permanecía latente en ella, así que yo fui una página en blanco donde plasmar todo lo que, a lo largo de su vida había atesorado. Nada más venir al mundo, cuenta mi madre, que me cogió en sus brazos y su cara se iluminó. Ahí empezó a fraguarse un lazo indestructible entre ambas.

Cuando fui creciendo, ella inculcó en mí el amor a la literatura, nos encantaba pasar las tardes de verano desgranando los entresijos de la obra poética de Antonio Machado, que era nuestro preferido. Perdidas en “Campos de Castilla” pasábamos las cálidas horas estivales. Aunque daba igual la estación del año, porque cuando el viento arreciaba y las hojas secas se arremolinaban junto a los cristales, empezado ya el curso, compartíamos problemas de álgebra, geografía y hasta alguna que otra premisa filosófica. Estrellita me llamaba, aunque ese no era mi nombre real, pero ella me rebautizó con ese apodo porque aseguraba que yo brillaba con luz propia.

Aquel libro de Antonio Machado debía tener muchos años, pues sus hojas presentaban un tono amarillento, y la portada estaba bastante deteriorada, ¡a saber cuántos niños habrían posado sus ojos y sus manitas sobre él!, pero ella lo había forrado con un papel de florecitas y había rotulado el nombre con su preciosa caligrafía.

Volví a la triste realidad y regresé mis ojos al antiguo libro, que  había permanecido  abierto entre mis manos, mientras yo me hallaba sumergida en los recuerdos de mi infancia, pero me costaba seguir leyendo, las lágrimas que pugnaban por derramarse sobre mis mejillas volvían borrosa mi visión.

            Mi abuela, mi compañera… mi maestra, hacía tiempo que ya no me conocía. La enfermedad había hecho mella en su cerebro. Al principio olvidó lo cotidiano, pero seguimos recitando poesía juntas, tenía momentos de lucidez en los que me reconocía y me pedía que le leyera, de nuevo, a Antonio Machado. Le entusiasmaba especialmente el poema “soñé que tú me llevabas”, con él, se le iluminaban los ojos con un brillito cómplice, me miraba por el rabillo del ojo y me sonreía pícaramente, pues ella decía que parecían escritos para nosotras, que era como si el poeta nos conociera y nos hubiese dedicado ese párrafo.

            Pero desde hacía meses no conseguía adivinar ese brillo en sus ojos en ningún momento, la mirada perdida en el infinito…No pude evitarlo, al intentar reanudar la lectura, los sollozos escaparon de mi garganta con desesperación, porque sabía que la estaba perdiendo. ¡Como echaba de menos poder hablar con ella!, ¡cómo necesitaba que me reconociera al menos una vez más para expresarle lo que la quería! Sentía el desgarro de no haberme despedido de ella, de no haberle agradecido esa infancia soñada que ella me había brindado.

Lloré largo rato, con la cara entre las manos cuando, como un leve susurro de terciopelo, escuché de nuevo la voz segura y autoritaria de la maestra: -“Llevo rato esperando y no oigo nada,  la lectura de una poseía ha de ser pausada, con ritmo y entonación, que resulte agradable al oído de quien la escucha, así que, Estrellita, deja de llorar y sigue leyendo”- dijo con firmeza.

Agarré con desesperación su mano delgada y proseguí de inmediato por donde me había quedado y,  para mi sorpresa, su voz se unió a la mía al recitar:

                                   ….sentí tu mano en la mía,

                                   tu mano de compañera,

                                   tu voz de niña en mi oído,

                                   como una campana nueva,

                                   como una campana virgen,

                                   de un alba de primavera…

            Nos recreamos como nunca en estos versos, porque ambas sabíamos que era la última vez para nosotras, que esta  poesía que ahora recitábamos juntas constituía nuestra despedida. Cuando nuestras voces se apagaron, le dije: “¡te quiero, te quiero mucho, abuela,  muchas gracias por haber hecho mi vida tan bella!”, ella asintió con los ojos brillantes, sin pronunciar palabra, a continuación de di un cálido beso, me separé de ella, la miré a los ojos, pero ya no estaba conmigo…

            Hace una semana  que se fue, pero no estoy triste, porque sé que ella no lo aprobaría, he sentido mucha paz después de su muerte, bien es cierto que la echo de menos lo indecible, pero también sé que desde el lugar donde ahora se encuentre seguirá haciendo el bien, y en sus ratitos libres quizá haya cogido por banda a algún angelito travieso y esté tratando de hacer de él “un Arcángel como Dios manda.”

 

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