Segundo
premio en el XII concurso de
Relatos Cortos de ALUMA de la Universidad de Granada.
Yo había hecho esta parada para ver
si adivinaba ese atisbo de sonrisa que siempre se producía en su cara al llegar
a este verso, en el que ella siempre apretaba un poquito mi mano, de forma
cómplice, y levantaba ligeramente la comisura de sus labios, pero hacía días
que no reaccionaba de ninguna manera en este punto de mi lectura.
Hace
muchos años, la situación era inversa, ella leía y yo escuchaba. Era ella la
que se detenía en determinados párrafos, o me hacía preguntas sobre el texto. Ella
me inculcó casi todo lo que sé, me enseñó a leer con la infinita paciencia que
sólo posee una maestra de escuela, esa maestra que por un exiguo sueldo de los
de antes, se afanaba en que, hasta los chiquillos menos voluntariosos
consiguieran acabar la primaria con las cuatro reglas aprendidas. Esa maestra
que hacía de la tabla de multiplicar una canción con la que aprender todas las
cifras, que enseñaba a sus niños a rezar, que hablaba de la Historia de España
y de su geografía con tanto énfasis que parecía que estaba contando un cuento
divertido. Era una mujer valerosa que, en plena posguerra, viuda,
con cinco hijos a los que alimentar, luchaba para que los niños no faltaran a
clase, que compartía lo poco que tenía con los que aún tenían menos. Esa mujer
que se quedó sin desayunar cada día para dar el trocito de ese pan terroso y
negro a algún chiquillo, al que sabía a gloria, porque no probaba bocado desde
el día anterior.
Era
la maestra que abrazaba y consolaba a aquellas criaturitas desvalidas que acudían
a su escuela, ateridas de frío, con las caritas rojas y ásperas, con los
moquitos colgando y con sabañones en las orejitas. Quería que tuviesen una
oportunidad para ganarse la vida honradamente con su trabajo el día de mañana,
sabía que la educación, y un poquito de cultura les abriría unas puertas que,
de otro modo, estarían cerradas para ellos, pues todos eran de familias muy
modestas. Ella nunca aplicó aquello de “La letra con sangre entra”, sino que
hizo una versión propia que podría haberse titulado: “La letra con amor entra”,
y si además del amor hay un poquito de pan para acompañar, mejor que mejor.
En
definitiva, Doña Aurora, era la maestra a la que todos profesaban un inmenso
respeto, humana y valerosa. Trabajaba codo con codo, con el párroco para
seleccionar ropa donada, para administrar lo poco que se recaudaba en el
cepillo de la iglesia, aunque tampoco había mucho para repartir, pero ella no
se rendía. Nunca le importó aprovechar las tertulias literarias, de las que era
asidua, para dejar caer las necesidades de su escuela entre aquellos colegas,
muchos de ellos, “con posibles”, intentando conseguir algunos fondos para sus
niños, para proveerlos de algo de pan con el que acompañar aquellas botellitas
de leche que el Estado mandaba a las escuelas y que a veces constituían el sustento de todo el día .
El año en que se produjo un devastador
terremoto que asoló la ciudad y derribó las precarias construcciones del barrio
más castigado de la zona, ella se llevó a varios chiquillos a su casa durante
una temporada, mientras los padres intentaban solucionar aquella dramática
situación. Aquellos niños compartieron cama y mesa con los suyos propios, a los
que enseñó esos valores morales tan importantes, con el ejemplo más que con la
palabra. Sus hijos, aprendieron de ella a dar calor y cariño a otros más
desfavorecidos, a compartir lo poco que tenían, pues aquellos años fueron malos
para casi todos, pero ella les inculcó que medio vaso de leche caliente
entonaba igual o más que uno entero, si el otro medio lo compartías con quien
no tiene nada para calentar la tripa. Sus hijos durmieron abrazados a otros niños, y con todo esto, Aurora consiguió hacer
grande el alma de unos y otros,
Cuando yo llegué a su vida ya estaba
retirada de la docencia, hacía unos años que ya se había jubilado, pero la necesidad de seguir
enseñando permanecía latente en ella, así que yo fui una página en blanco donde
plasmar todo lo que, a lo largo de su vida había atesorado. Nada más venir al
mundo, cuenta mi madre, que me cogió en sus brazos y su cara se iluminó. Ahí
empezó a fraguarse un lazo indestructible entre ambas.
Cuando
fui creciendo, ella inculcó en mí el amor a la literatura, nos encantaba pasar las
tardes de verano desgranando los entresijos de la obra poética de Antonio
Machado, que era nuestro preferido. Perdidas en “Campos de Castilla” pasábamos
las cálidas horas estivales. Aunque daba igual la estación del año, porque
cuando el viento arreciaba y las hojas secas se arremolinaban junto a los
cristales, empezado ya el curso, compartíamos problemas de álgebra, geografía y
hasta alguna que otra premisa filosófica. Estrellita me llamaba, aunque ese no
era mi nombre real, pero ella me rebautizó con ese apodo porque aseguraba que
yo brillaba con luz propia.
Aquel
libro de Antonio Machado debía tener muchos años, pues sus hojas presentaban un
tono amarillento, y la portada estaba bastante deteriorada, ¡a saber cuántos
niños habrían posado sus ojos y sus manitas sobre él!, pero ella lo había
forrado con un papel de florecitas y había rotulado el nombre con su preciosa
caligrafía.
Volví
a la triste realidad y regresé mis ojos al antiguo libro, que había permanecido abierto entre mis manos, mientras yo me
hallaba sumergida en los recuerdos de mi infancia, pero me costaba seguir
leyendo, las lágrimas que pugnaban por derramarse sobre mis mejillas volvían
borrosa mi visión.
Mi abuela, mi compañera… mi maestra,
hacía tiempo que ya no me conocía. La enfermedad había hecho mella en su
cerebro. Al principio olvidó lo cotidiano, pero seguimos recitando poesía
juntas, tenía momentos de lucidez en los que me reconocía y me pedía que le
leyera, de nuevo, a Antonio Machado. Le entusiasmaba especialmente el poema
“soñé que tú me llevabas”, con él, se le iluminaban los ojos con un brillito
cómplice, me miraba por el rabillo del ojo y me sonreía pícaramente, pues ella
decía que parecían escritos para nosotras, que era como si el poeta nos
conociera y nos hubiese dedicado ese párrafo.
Pero desde hacía meses no conseguía
adivinar ese brillo en sus ojos en ningún momento, la mirada perdida en el
infinito…No pude evitarlo, al intentar reanudar la lectura, los sollozos
escaparon de mi garganta con desesperación, porque sabía que la estaba
perdiendo. ¡Como echaba de menos poder hablar con ella!, ¡cómo necesitaba que
me reconociera al menos una vez más para expresarle lo que la quería! Sentía el
desgarro de no haberme despedido de ella, de no haberle agradecido esa infancia
soñada que ella me había brindado.
Lloré
largo rato, con la cara entre las manos cuando, como un leve susurro de
terciopelo, escuché de nuevo la voz segura y autoritaria de la maestra: -“Llevo
rato esperando y no oigo nada, la
lectura de una poseía ha de ser pausada, con ritmo y entonación, que resulte
agradable al oído de quien la escucha, así que, Estrellita, deja de llorar y
sigue leyendo”- dijo con firmeza.
Agarré con desesperación su mano delgada y
proseguí de inmediato por donde me había quedado y, para mi sorpresa, su voz se unió a la mía al
recitar:
….sentí tu mano en la mía,
tu
mano de compañera,
tu
voz de niña en mi oído,
como
una campana nueva,
como
una campana virgen,
de
un alba de primavera…
Nos recreamos como nunca en estos
versos, porque ambas sabíamos que era la última vez para nosotras, que
esta poesía que ahora recitábamos juntas
constituía nuestra despedida. Cuando nuestras voces se apagaron, le dije: “¡te
quiero, te quiero mucho, abuela, muchas
gracias por haber hecho mi vida tan bella!”, ella asintió con los ojos
brillantes, sin pronunciar palabra, a continuación de di un cálido beso, me
separé de ella, la miré a los ojos, pero ya no estaba conmigo…
Hace una semana que se fue, pero no estoy triste, porque sé
que ella no lo aprobaría, he sentido mucha paz después de su muerte, bien es
cierto que la echo de menos lo indecible, pero también sé que desde el lugar
donde ahora se encuentre seguirá haciendo el bien, y en sus ratitos libres quizá
haya cogido por banda a algún angelito travieso y esté tratando de hacer de él “un
Arcángel como Dios manda.”