viernes, 20 de febrero de 2026

 


EL MEDIQUILLO QUE ME VA A HACER MILLONARIO


Relato finalista en el concurso Relatos de Agosto ( diario Ideal)

Escrito por María José Ruiz de Almirón Sáez


 


  Corrían los años setenta, yo empezaba mi carrera de medicina fuera del pueblo que me vio nacer. Este cambio de paisaje, que a mí tanto me excitaba, supuso un gran disgusto para mi familia, especialmente para mi madre que no se resignaba a tener lejos a su hijo pequeño. Para mí, que me había criado en un pueblecito del interior, empezar a vivir en Cádiz, fue un soplo de aire fresco en mi vida. La proximidad del mar, esa luz que inunda la bahía, el carácter abierto y cercano de sus gentes, me cautivó de inmediato. Me hospedada en un colegio mayor cercano a la facultad, y cada mañana recorría el entramado de callejuelas adoquinadas para ir a clase. Sólo llevaba unos meses allí y ya saludaba a varias vecinas, con las que coincidía cada día, como si fueran de mi familia. Tenía yo la costumbre de levantarme con la hora justa, así que solo podía tomar un café rápido en el colegio, y a media mañana, entre clase y clase, me acercaba a una frutería cercana a la facultad y me compraba una pieza de fruta. No andaba mi economía boyante como para comprar mas cantidad, así que cada mañana, sobre las once, se repetía el mismo diálogo al entrar yo en el establecimiento:

_¡Hombre, mira el mediquillo que me va a hacer millonario! Exclamaba Antonio, el dueño de la frutería.

_ ¿Qué te vas a comer hoy , una manzana o un plátano?

Y sin darme tiempo a elegir, me tendía un plátano amarillo y lustroso y añadía:

_¿Cómete mejor un plátano, que tiene mucho fósforo!

Yo me echaba a reir y le corregía:

_Que no, Antonio, que el fósforo lo tiene el pescado. El plátano lo que tiene es potasio.

_¡Pues eso mismo he dicho! ¡venga cómetelo "pa" que te pongas inteligente!.

Los días se sucedían plácidos, alternando mis extensas horas de estudio, con mis largos paseos por la playa,

mis charlas con los pescadores de La Caleta, que me daban esa cultura sobre el mar y la gente, que no se encuentra en los libros y también, he de decir, que alguna fiestecita entre compañeros llenaba mis horas de ocio.

Una mañana, cuando hice mi acostumbrada visita a la frutería , Antonio el frutero, tenía mala cara. Unas oscuras

ojeras orlaban sus ojos.

_¡ Hombre, el mediquillo que me va a hacer millonario! exclamó como siempre:

_ Buenos días Antonio ¿se encuentra usted bien? Le pregunté.

_Pues, la verdad, es que no. Los riñones no me han dejado pegar ojo esta noche, y es que tengo en ellos "toas las piedras que faltan en la playa", repuso.

En la semana siguiente no le vi en la frutería. Su mujer me dijo que tenía un cólico nefrítico, pero que eso era habitual en él y que en unos días estaría allí, de nuevo.

Efectivamente, en una semana, Antonio se encontraba ya en su frutería dándome lecciones de bioquímica:

_"Shiquillo cómete este plátano que tiene mucho fósforo..."

Pasaron los años y muy a mi pesar, abandoné aquella ciudad que marcó un antes y un después en mi vida, y

pasé por otras muchas, pero ninguna dejó impreso el sello que aquellas gentes sencillas grabaron en mi corazón.

Actualmente coordino la unidad de trasplantes en un afamado hospital andaluz y, la semana pasada, cuando me incorporaba a mi turno, mi compañero me ponía al tanto de los ingresos que se habían producido. Me hablaba de un paciente en estado crítico. Se encontraba en diálisis, pues sus cansados riñones habían dejado de funcionar por completo. El paciente se encontraba en lista de espera para un trasplante desde hacía tiempo, pero el riñón compatible no llegaba, y la vida del enfermo se apagaba.

Me dirigí a la habitación del paciente, que se encontraba sedado y semi-inconsciente y cual no fue mi sorpresa, al descubrir a un Antonio visiblemente deteriorado, porque, aunque habían pasado sólo quince años desde que abandoné Cádiz, Antonio había envejecido mas de treinta. Su estado no le permitió reconocerme y me sentí muy apenado por él, porque nunca había logrado borrar de mi memoria a ese buen hombre, tan sencillo, pero con tanto carisma.

Movilicé a la unidad con mas énfasis, si cabe, para encontrar el riñón que Antonio necesitaba, pero desgraciadamente no era fácil, sólo un milagro salvaría su vida.

Días después, al terminar mi turno, el esperado milagro se produjo, había un riñón para él. Olvidé por completo las doce horas de trabajo que llevaba a la espalda, y organicé todo el equipo material y humano para efectuar el trasplante. Confiaba en que llegaríamos a tiempo, no quería perder a aquel gran hombre así, pero su estado era crítico. En media hora aterrizaba el helicóptero que nos traía, en una neverita, la vida para Antonio.

Tras varias horas de quirófano, mi equipo y yo nos quitamos las mascarillas satisfechos, el trasplante había sido un éxito, y Antonio había resistido como un jabato. Tendría una nueva oportunidad.

Al volver de la anestesia, ya tenía mejor color y al recuperar la consciencia, me miró sorprendido, pero con la misma complacencia que cada día me tendía una pieza de fruta, y como si fuera una de aquellas mañanas en Cádiz, exclamó, con voz todavía ronca por haber estado intubado:

_¡Hombre, el mediquillo que me ha hecho millonario!

_ No, Antonio, esa no es la frase, le corregí, es : el mediquillo que me va a hacer millonario.

Entonces, haciendo un esfuerzo para intentar incorporarse entre las lianas de sueros entre los que se hallaba inmerso exclamó:

_¡No "pisha", no me he "equivocao" tu me has hecho millonario ya, porque me has devuelto la vida y eso, no hay "billetes en el mundo pa pagarlo". Por algo te hice comer tantos plátanos .¿Ves la inteligencia que te ha dado el fósforo?

                                                     

 

 

UN OLORCILLO DULZÓN A TABACO AROMÁTICO

Relato finalista en el concurso de Relatos de Agosto del diario IDEAL  , publicado el 15 de Agosto de 2005.

 

            Su abuelo había sido un personaje clave en su vida. Ya desde niña había pasado las tardes de invierno sentada en la alfombra de la sala, absorta, escuchándole contar esas historias tan maravillosas de las que él había sido protagonista en su juventud pero no eran batalliras de abuelo, eran las historias de una vida dedicada al estudio y a ayudar a los demás, sólo que en tierras inhóspitas y salvajes. Clara asistía a ellas sin perder puntada y recreaba en su mente esos paisajes que con tanto detalle describía Don Fausto.

            El abuelo le hablaba de safaris, de la sabana, de la temporada de las lluvias cortas y las lluvias largas, de majestuosos animales, de sus viajes por Etiopía, Kenia y Tanzania. Le explicaba con todo detalle los paisajes paradisíacos que tan bien guardaba en su memoria. Cuando le explicaba de qué manera las jirafas alcanzan las ramas más altas de los árboles para comer, Clara podía verlas con total precisión a través de sus palabras.

            Cada tarde, en invierno o en verano, Clara y su abuelo se reunían en la sala o en el porche de la casa, según el tiempo que hiciera, y de nuevo la conversación volvía a tierras africanas.

            Don Fausto había sido, en su juventud, un gran antropólogo, conocedor de los orígenes del hombre en toda su esencia, y siempre estuvo convencido de que nuestros antepasados habían partido de África. Estas investigaciones le habían llevado a pasar la mayor parte de su vida en aquellos parajes a los que había aprendido a amar. Sólo al cumplir ochenta años y tras contagiarse de unas fiebres tifoideas, que casi acaban con su vida, se decidió a volver a la casa familiar, no sin cierta nostalgia, porque atrás dejaba lo que mas amaba, África y a su querida esposa que siempre le había acompañado y que había muerto algunos años antes, y que por decisión propia descansaba en aquellas tierras. Pero encontró en Clara la oyente mas atenta que cabía imaginar para sus historias, porque la chiquilla, aunque solo tenía nueve años, se interesaba sobremanera por todo lo relacionado con lo que era la pasión de su abuelo.

            El le transmitió muchos conocimientos, el amor que sentía por todos aquellos animales salvajes de imponente belleza, pero sobre todo le inculcó el interés por las personas que allí vivían , le habló de las antiguas ciudades suahili, le contó sobre la orgullosa tribu guerrera de los masai y todo lo que él había vivido en tiempo en que allí residió, las inundaciones, las sequías que asolaban los diferentes países, las epidemias de cólera y malaria, la hambruna, la falta de medios de las tribus que allí viven, y cómo cada día morían personas por la falta de medicinas y de atención sanitaria.

            Clara escuchaba esto último con las lágrimas deslizándose lentamente por su rostro, porque su abuelo realmente sufría al recordarlo, y ella lo vivía de igual modo.

            _Es importante que lo sepas_ le había dicho, y no solo tú, todo el mundo debería ayudar aunque fuera sólo un poquito.

            Y todas estas cosas las contaba el abuelo con voz grave, que a veces interrumpía para dar una chupada a su vieja cachimba, de la que emanaba un olorcillo dulzón a tabaco aromático, que Clara había asociado siempre con su abuelo, y que para nada le resultaba molesto, mas bien, todo lo contrario, el olor de la pipa de Don Fausto le resultaba tan querido, que cuando se sentía sola o tenía miedo, la simple evocación del mismo le devolvía la tranquilidad.

            Quince años más tarde, Clara, convertida en una bellísima joven, venía andando con su camisa blanca de algodón, pegada al cuerpo por el sudor y la humedad. Traía en la mano un maletín blanco. Acababa de aparcar su desvencijado todoterreno al final del camino y se disponía a pasar consulta en el hospital de campaña, improvisado por la ONG de la que formaba parte como médica voluntaria. Cuando penetró en el interior de la carpa, el calor era aún más intenso, aunque al menos, el sol y los mosquitos no picaban. Saludó uno por uno a los nativos allí reunidos. Algunos no tenían ganas de hablar, pero ella siempre conseguía arrancarles una sonrisa.

            Miró al fondo, y allí, en un rincón, tumbada sobre una herrumbrosa camilla, se encontraba una mujer embarazada, y por el volumen de su tripa, juraría que a punto de dar a luz. Al acercarse vio que era casi una niña, y no presentaba buen aspecto, tenía los ojos un poco vidriosos y la mirada ligeramente perdida. El otro médico se le acercó y le hizo un gesto negativo con la cabeza, y le susurró al oído que aquella chica tenía el bebé de nalgas y ninguno sobreviviría sin una cesárea, cosa que era totalmente imposible hacer allí, con los pocos medios de los que disponían. Clara se acercó a ella y refrescó su frente y sus labios con un paño mojado. Las contracciones eran ya muy seguidas y la chica no paraba de gritar, el parto había comenzado. Clara se enfundó unos guantes y se dispuso a intentar dar la vuelta al bebé que tan mala posición presentaba, pero era prácticamente imposible. La madre gemía y se retorcía, Clara intentaba tranquilizarla, pero ella misma no estaba tranquila, y sentía mucho miedo por la vida de aquella jovencita, le gritaba que su hijo nacería sano, tal vez para autoconvencerse ella misma, y mientras, no paraba de realizar maniobras para recolocarlo, la joven madre perdió el conocimiento. De pronto u olor dulzón a tabaco inundó la estancia, no había humo, solo el olor tan característico y tan amado, le hacía sentir la presencia de Don Fausto junto a ella, y  Clara no lo pensó dos veces, ante la atónita mirada de su compañero, abrió el maletín, sacó su instrumental e  hizo una incisión en el vientre de la muchacha y en pocos segundos se oyó un llanto débil, como el maullido de un gatito. El bebé había sobrevivido, ahora sólo quedaba estabilizar a la madre y si no había complicaciones, los dos se habrían salvado.

            En la tranquilidad de las horas que siguieron, Clara preguntó a su compañero , a qué se debió el olor a tabaco de pipa que había invadido la sala durante el parto, y el compañero se encogió de hombros, él no había olido nada.

            Unos días más tarde, la joven madre, bastante recuperada y con el bebé en sus brazos, le dijo que eligiera un nombre para su hijo, ya que le había salvado la vida. Entonces Clara, mirando hacia el horizonte, dijo con firmeza: _Se llamará Fausto_.

Mª José Ruiz de Almirón Sáez

 

 

 

 

 

 

HOY ME VOY DE VIAJE

 

RELATO GANADOR DEL XVIII CERTAMEN LITERARIO VALENTÍN SANCHEZ DE VILLANUEVA MESÍA. (2011)

 

 

Celia había nacido en La Habana , no se podía afirmar que era mulata, pero tenía ese puntito canela característico de esas tierras caribeñas. Todo lo  que conocía del mundo se concentraba en aquella bellísima ciudad, aquel maravilloso clima y aquella buena gente, cercana y dispuesta siempre a echar  una mano.

Ya desde niña se adivinaba la belleza en la que se convertiría años  después y el “ritmo sabrosón” que corría por sus venas, pues siempre andaba  bailoteando al son de una salsa imaginaria.

 

Estaba empleada en la fábrica de habanos, un lugar donde, desde la puerta de entrada golpeaba el olor acre y penetrante de las grandes hojas de tabaco secas, que, unido al calor, la humedad y a la multitud de empleados

 

que componían la plantilla, hacían bastante irrespirable la atmósfera reinante.

Pero ella, al igual que el resto de trabajadores parecía no advertirlo, y se afanaba, con sus largos dedos y con esa habilidad especial que poseen los cubanos, en dar forma a esos imponentes puros habanos, que hacían las

 

delicias de los fumadores de todo el mundo.

Un vigilante leía de forma cansina y monocorde las noticias del periódico local, y a continuación se dejaba oír una emisora de radio que relataba con rítmico ronroneo una novela de amor.

 

La vida en la fábrica discurría lentamente, cada día igual al anterior e idéntico al siguiente, nada cambiaba nunca.

Celia cuidaba de su padre, enfermo de asma. Nunca tuvo el hombre buena salud, máxime si tenemos en cuenta que desde que se levantaba hasta que volvía acostarse, de forma permanente, había un puro colgando en su boca.

 

El doctor le había prohibido terminantemente fumar, le había aconsejado que sustituyera el tabaco por algún que otro “ronsito con miel”, pero él simultaneaba ambas cosas.

 

De esta forma pasaba la vida Celia. Los cambios políticos y la Revolución Castrista no marcaron ningún hito en su vida. Poco tenía antes y poco tenía ahora.

 

Una mañana, la oportunidad llamó a la puerta de su casa. Una vecina vino a buscarla para ver si se atrevería a sustituir a una hija suya que trabajaba de bailarina en el Tropicana y que se encontraba enferma. Celia no supo qué decir, pero el apuro de la mujer y la ilusión que a ella le hacía bailar, pudieron con su indecisión, y allá que se presentó en el famoso cabaret. Nada comunicó a su padre sobre esta decisión, se habría negado en rotundo, y ella no quería darle un mal rato, total sólo era para una temporada.


 

El empresario quedó impresionado ante la imponente belleza de Celia, que venía acompañada por la madre de la otra chica, la cual, al parecer, iba a estar una buena temporada sin poder asistir, y con una mirada algo lasciva, le dio el visto bueno al cambio. El hombre no tenía consigo la seguridad de si aquella muchachita delgada como una espiga y de profundos ojos marrones, valdría o no para bailar, pero aunque fuera como elemento decorativo valía la pena.


 

Celia demostraría, meses mas tarde, cuando pasó a ocupar el puesto de primera bailarina, que sí valía para eso, y también para entonces ya había dejado muy claro que era una chica decente, y no iba a ceder a ninguna de las libidinosas proposiciones del gerente de la empresa, cuya mirada lasciva dejó paso a otra de inmenso respeto.
No tuvo mas remedio que poner a su padre al corriente de su nueva ocupación, al principio se enfadó mucho, la increpó ¡y de qué manera!, pero Celia le hizo comprender que no había lugar para la preocupación, e incluso le llevó a conocer al gerente, que relató maravillas sobre su comportamiento en el local.

 

Corrían tiempo difíciles y de gran escasez, el embargo económico que padecía la isla hacía que muchos productos no solo escasearan, sino que algunos no existían en absoluto, tal era el caso de los aerosoles necesarios para el asma de su padre. Celia debía ingeniárselas a través de contactos con el exterior para hacerse con ellos, eso si, a precio de orillo. Aún así, Celia siempre pensó que como en Cuba no se vivía en ningún sitio, allí no conocían la prisa, todo discurría naturalmente “al calorsito” de un buen ron.

 

Pero llegó un día en que un joven empresario español, acudió a ver el espectáculo de la conocida sala de fiestas, y cuando terminó la función la esperó a la salida. Fue muy amable, la invitó a un café que ella aceptó no sin cierta reticencia, e incluso le regaló un maravilloso perfume que, en principio, Celia rechazó pues no quería crear falsas expectativas en aquel extranjero, pero que al final terminó aceptando pues los ojos de aquel hombre tenían algo que inspiraba confianza.

 

Nunca usó aquel perfumen, solo, de vez en cuando, abría levemente el tapón y aspiraba el delicado aroma, pero sin atreverse a desperdiciar ni una sola gota sobre su piel. No en vano era el primer perfume que había tenido en su vida y suponía que también sería el último.

 

Cada noche, el español la esperó para acompañarla a casa. Largos paseos por las callejuelas de la Habana Vieja y bellísimos atardeceres juntos, en el malecón, convirtieron aquella amistad en un profundo amor.

 

Antonio, que así se llamaba el español, no era un turista, tenía intereses en una naviera en el puerto de la Habana, y aunque a veces viajaba, no tardaba en volver junto a Celia. Las largas conversaciones sobre España, sus paisajes y sus gentes , las descripciones maravillosas que Antonio hacía para ella, cuando le hablaba de los toros, de las fallas de Valencia, de la feria de Abril en Sevilla, del Corpus en Granada, y tantas fiestas propias de España, o cuando describía monumentos maravillosos, catedrales góticas y románicas en 

Castilla, la Alhambra de Granada, la imponente Mezquita en Córdoba, 

 

llenaban las cálidas tardes de los dos enamorados. Pero el momento de 

 

disfrute mas pleno para Celia, era cuando Antonio le relataba anécdotas 

 

acaecidas en su pueblo, una pequeña localidad de la provincia de Granada, 

 

que el español describía al detalle, y a cuyos vecinos, Celia ya conocía como si 

 

fueran propios.

 

Tantos días soñando con España y su amor por aquel español, hicieron que Celia deseara, mas que nada en la vida, viajar a este país.

El tiempo discurría lento y apacible, nada cambiaba en aquel escenario del paraíso, salvo cuando alguna tormenta tropical se empeñaba en destrozar la maltrecha ciudad, y entonces, los habaneros volvían a poner todo en funcionamiento en un tiempo record con los escasos medios con los que contaban, y en pocas semanas el paisaje retomaba la calma y la normalidad.

 

Una tarde, en la que se habían citado junto al malecón, Antonio se presentó con el semblante muy serio y con voz grave le explicó que debía volver a España definitivamente. Celia se sobresaltó y el corazón comenzó a galoparle en el pecho, un miedo tenaz se apoderó de ella al pensar en perder el amor de aquel hombre para siempre. Luego, Antonio añadió que no quería irse solo. Los dos sabían lo que eso significaba, sabían que Celia, al convertirse en su esposa, podría abandonar legalmente la isla, dejaría atrás la 

vida de privaciones que hasta entonces había llevado, podría disfrutar de todo 

 

aquello de lo que siempre había carecido, aunque su relación con Antonio 

 

había mejorado en gran medida sus condiciones de vida, pues él le traía del 

 

extranjero vestidos, zapatos preciosos, cosméticos y como no …jabón , el 

 

deseado “jabonsito de olor”, que Celia no usaba sino para perfumar los 

 

armarios.


Desde que le conocía no tuvo ya problema alguno para obtener la medicación de su padre, el cual continuaba bastante delicado, pero seguía resistiendo. Al menos no habían empeorado sus problemas respiratorios.

 

Ahora, de realizarse esa boda, Celia podría disfrutar de todo lo que no tenía en Cuba, al lado del gran amor de su vida y realizar su sueño mas deseado: 

¡Viajar a España!, a la que ya amaba intensamente a través de las palabras de aquel hombre que había conseguido que se sintiera unida a este país, aun sin haberlo pisado.

 

Todos estos pensamientos maravillosos pasaron por su mente como un 

destello, pero ni la increíble puesta de sol , de color naranja intenso, que en ese momento bañaba el malecón habanero, ni la brisa cálida que ondulaba su melena de color castaño oscuro, pudo borrar el rictus amargo que se formó en sus labios. La realidad se erguía ante ella como una sombra inmensa yamenazadora: Ella no se podía ir, su padre la necesitaba mas que nunca, estaba solo y enfermo, no podía abandonarle, tampoco cabía la posibilidad de que el anciano pudiera abandonar la isla.

 

Con el rostro bañado en lágrimas, Celia negó con la cabeza, Antonio fue a replicar, pero ella le puso un dedo en sus labios, con infinita dulzura, para ahogar sus protestas. No quería desperdiciar ni un segundo del poco tiempo 

que le quedaba para estar junto a él. Con una agilidad casi felina se enlazó a la cintura de su amado y los enamorados se fundieron en un prolongado beso, jurándose amor eterno y con la promesa de Antonio, que ambos intuían que nunca se cumpliría, de volver a la isla. De esta forma fue como Celia, con el 

corazón desgarrado, vio partir al hombre de su vida, a su único y gran amor, y 

 

con él, perdió también para siempre la esperanza de viajar a España, la gran 

 

ilusión de su vida.

 

Cada tarde podía verse, la silueta de Celia , recortada en el fondo rojizo y anaranjado en la distancia, de la puesta de sol, sentada sobre el malecón, la melena ondeando al viento, y la vista puesta en la dirección en la que ella 

consideraba que estaba España. No estaba segura de si lo que deseaba adivinar en la lejanía era la improbable llegada del un barco que le trajera a su amor de vuelta, o solo lo hacía por rememorar aquellos maravillosos momentos que pasó junto a él. En cualquier caso, cuando el sol terminaba de esconderse 

tras ese inmenso mar, y las sombras avanzaban amenazantes sobre los 

 

cercanos edificios, su rostro estaba bañado en lágrimas.

 

Esta mañana, como cada día, se levantó temprano, peinó su melena hacia atrás, formando un gracioso moño, cortó un ramito de rojas buganvillas y lo prendió en su pelo, rebuscó en un cajón de su viejo armario y encontró un bellísimo collar de turquesas que Antonio le regaló, su mirada se posó en aquel frasquito de colonia que Antonio le obsequió aquella primera noche, y que permanecía en un rinconcito. El líquido ambarino se había evaporado hasta mas de la mitad del frasco, tal vez por las muchas veces que lo abrió para 

rememorar, con su aroma, la presencia de su amor.



 

Tomó con sumo cuidado el collar y se lo puso sobre la desgastada blusita blanca, completó su atuendo con una alegre falda floreada, agarró un cestito y salió a la calle.

 

A lo lejos divisó un grupo de turistas que se arremolinaba en la puerta de“ La bodeguita del Medio”, intentando probar el famoso mojito.

Le pareció que alguien hablaba español, se acercó hasta mezclarse entre ellos, como siempre hacía cuando veía un grupo de españoles, pues disfrutaba al oír ese acento tan amado.

 

Una de las turistas, fascinada por la apariencia de Celia, y ese aire afable que la rodeaba, le pidió hacerse una foto con ella. Celia accedió de  buen grado, y con lágrimas en los ojos y una felicidad radiante en el rostro levantó las manos al cielo y exclamó: ¡Muchas gracias Virgencita de la Caridad del Cobre, porque hoy me voy de viaje, finalmente, a mis ochenta y cuatro años, en esta foto, viajo a España!, y su ajado rostro esbozó la mas juvenil de sus sonrisas.

 

 

(Este es un relato totalmente de ficción, lo único verdadero es el último párrafo y la señora de la foto, que realmente pronunció las palabras que dan título a este relato).
A  continuación pongo la foto en la que viajó a España.

 

 


PONIENTE  EN AGOSTO

Adoro los ponientes de finales de agosto, parece que el mar quiere despedirse de nosotros  con ese derroche de espuma, con esa bravura que sobrecoge y te hace ver la inmensidad y el poder  que posee, de forma que en los próximos meses no puedas olvidar ese sonido que solo aquí puedes escuchar. Porque el mar sabe que no eres de aquí, que vuelves cada año buscando esas sensaciones inigualables que no encuentras en ningún otro lugar. El mar sabe que vienes buscando paz, que vienes a rememorar esos momentos mágicos que solo aquí, verano tras verano, consigues, y por eso te obsequia con atardeceres rosados y cálidos, con tardes interminables de baño y calma, con largos paseos en barca  en los que explorar todas esas calitas maravillosas, con esa brisa templada que acaricia tu rostro y te hace sentir en el paraíso, pero ese mismo mar, te despide, te recuerda que este no es tu lugar, que debes volver a tus ocupaciones, y lo hace despidiéndose como mejor sabe, con una demostración de fuerza y poder que solo busca despedirte de la mejor forma y que hará que tu nostalgia dure meses y que tus ganas de volver comiencen al dia siguiente de partir. Muchas gracias por este verano,  ya comienzo a pensar en el siguiente…

 

 

 UN BALCÓN EN EL PRIMER PISO

 

 

      RELATO GANADOR DEL CERTAMEN DE RELATOS VALENTÍN SANCHEZ de 2013 Organizado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Villanueva Mesía                                                                                                                                                                                                                                                                                               

                                                         Allí donde encontremos a un ser humano,

                                                        Hay siempre una oportunidad para ser amables

                                                         o realizar actos espontáneos de amabilidad.                                                                                                                                     (Séneca)

                                                                                                                                                                            

                                                                                                        

                            Un balcón en el primer piso

    

 

            Todo ocurrió a raíz de que un conductor novato se saltó una señal de ceda el paso en una de las múltiples rotondas con fuente que adornan la ciudad de Granada, y me hizo añicos mi viejo utilitario. Por suerte, ni el novato ni yo tuvimos daños personales, pero me quedé sin coche y no tuve mas remedio que, en los días posteriores al incidente, echar mano del autobús para ir al trabajo.

¡Dios mío! ¡qué pérdida de tiempo a las siete de la mañana!¡Con lo bien que sientan diez minutos más en la cama a estas horas!, pensé después de restregarme los ojos y poner los pies descalzos en el suelo.

Tras una ducha rápida y un  café instantáneo corrí a la parada del autobús. Hacía un frío helador, por lo que entré en el vehículo y me arrellané en un asiento junto a la ventanilla, se agradecía la calefacción, y me dediqué a mirar al exterior y a descubrir cosas de la ciudad que antes no estaban o yo no había reparado en ellas. Me fui fijando en los maceteros con flores de Puerta Real, descubrí tiendas en la calle Reyes, que ignoraba que existieran, y al llegar a la Gran Vía, el autobús se detuvo en una parada, lo cual me dio unos segundos para ver de cerca las farolas de diseño. En ese momento mi mirada se desvió hacia el edificio que tenía a mi lado, una casa de las que aun quedan de otra época, que era sencillamente preciosa. Pertenecía a ese tipo de construcciones en las que no se escatimó en ornamentos tanto en las barandas como en la fachada, que se hallaba cubierta de rosetones y bajo relieves.

Era una belleza. ¡Cómo me  gustaría vivir en una casa como esta! pensé, pero la realidad era bien distinta, ya que mi exiguo sueldo solo me permitía pagar el alquiler de un  pequeñísimo y oscuro apartamento.

En uno de los balcones del primer piso de aquella majestuosa edificación, tras los cristales, creí divisar la silueta de una persona, miré entonces con mas interés y descubrí a un anciano con la expresión mas triste que yo había visto en toda mi vida,

En ese momento el autobús se puso en marcha, y aunque me volví para seguir viéndole. Lo perdí en unos segundos. No supe por qué, pero me quedé impresionada. De hecho, pasé toda la mañana dándole vueltas a la imagen de aquel anciano y al motivo de su tristeza.

Al volver, a las tres y media, venía pendiente de mirar hacia el balcón, y en cuanto el autobús paró en la acera de enfrente, me apresuré a buscar con la mirada el primer piso, pero para mi decepción, el balcón estaba vacío. Miré hacia los balcones colindantes, pero tampoco había

nadie. Las cortinas se encontraban corridas en todos ellos. El autobús arrancó  y me fui con una sensación  de frustración que ni yo misma lograba entender.

A la mañana siguiente, mientras esperaba en la parada, no notaba el frío, sólo pensaba en volver a ver al anciano. De nuevo al pasar por la Gran vía, le vi como la mañana anterior, atisbando tras los cristales, y al igual que ayer, la tristeza estaba dibujada en sus ojos. Su expresión no había variado. Esta vez me fijé mejor en sus rasgos: tenía el pelo totalmente cano, aunque abundante, salvo en la zona frontal, donde unas profundas entradas le daban un aspecto interesante. Sobre el labio pude distinguir un bigotito de igual color que el pelo. Sus facciones eran angulosas. Llevaba un batín oscuro y un pañuelo, con un pequeño estampado, al cuello. Me pareció todo un caballero, aunque, eso si, un caballero muy triste. ¿Cómo puede ser tan infeliz alguien que vive en una casa tan bella? Me pregunté.

El autobús arrancó bruscamente. Un pasajero, que iba de pie, perdió el equilibrio y se interpuso entre mi vista y la ventanilla, por lo que dejé de ver a mi anciano caballero.

Transcurrió toda la semana, y cada mañana se repetía el ritual, yo estaba pendiente de mirar hacia el balcón  donde se encontraba el anciano, y cada mañana le veía tras el cristal con la misma expresión de tristeza e incluso me atrevería a decir que ésta había aumentado de intensidad.

Durante el fin de semana no se me fue de la cabeza ni un minuto, pensé que necesitaba saber algo mas de él, aunque solo fuera su nombre, pero deseché la idea por descabellada, yo no tenía derecho a inmiscuirme en la vida de nadie, pensaría que soy una loca, la gente no va por ahí preocupándose de lo que le ocurre a los desconocidos ¿o si?.

Pasé el fin de semana deseando que llegara el lunes para volver a realizar el trayecto que me llevara a saber mas del anciano. Cuando subí al autobús llevaba el corazón al galope. No me podía creer que un desconocido, que podría muy bien ser mi abuelo, del que ignoraba todo, desencadenase tantas emociones en mi.

Esperé con ansiedad la primera parada de la Gran Vía, incluso pulsé con disimulo el botón para solicitar que parase, aunque no tenía intención de bajar, sólo para lograr que el autobús se detuviera unos segundos, y poder mirar hacia el balcón, pero la decepción se pintó en mi cara. Inexplicablemente no había nadie. Me fui a trabajar bastante decepcionada.

Las mañanas  que siguieron  tampoco le ví, así  que el miércoles, al volver de la oficina, no

pude resistirme y me bajé en la parada de enfrente de la casa bonita y crucé la calle. No entendía lo que estaba haciendo, pero no podía detenerme. Penetré en el suntuoso portal de mármol blanco y maderas nobles, que parecía que me transportaba a otra época y tropecé con un hombre de avanzada edad que llevaba un cepillo de barrer en la mano y que me miraba de forma interrogante. Era el portero de la finca. Al parecer conocía bien a todos los visitantes de la casa, porque vi en su cara que me observaba como a una intrusa. Para dar mas normalidad a la situación le pregunté si había algún piso en alquiler.

El hombre me miró con una expresión mas relajada y con una sonrisita amarga me dijo que no, que aunque todos los pisos estaban vacíos, Don Juan, que era el vecino del primero y a su vez dueño del inmueble no quería alquilarlos, sólo el ático se lo tenía cedido a él y a su esposa que eran los porteros. El hombre se veía dispuesto a la charla y me contó que ellos se encargaban de la limpieza de la casa y de atender al dueño desde que quedó viudo, pero que en cuanto Dios se acordara de Don Juan, ellos volverían a la tranquilidad de su pueblo. Me contó que desde el sábado por la noche su mujer y él eran los únicos habitantes del edificio, ya que Don Juan tuvo que ser ingresado de urgencia con un ataque al corazón. Me alarmé de repente, una sensación de hormigueo recorrió mi cuerpo de pies a cabeza, parecía como si las piernas no fuesen capaces de sostener mi peso. Me apoyé con disimulo en el pasamanos e intenté respirar pausadamente antes de preguntarle a que hospital le llevaron. El hombre me miró un poco perplejo por la pregunta, yo mentí diciendo que era enfermera, y a estas alturas de la conversación ya parecíamos conocernos de toda la vida. Pero me dijo que no lo sabía, que oyó decir al conductor de la ambulancia que lo llevaría al Hospital Virgen de las Nieves, pero no estaba seguro. Estaba claro que no había ido a visitarle.

Me despedí del portero y crucé de nuevo la calle para volver a mi casa, totalmente abatida, pero lo pensé mejor, volví a cruzar y cogí en marcha un autobús que me llevaba en dirección al hospital donde supuse que el anciano se encontraba ingresado.

Durante el trayecto me pregunté a mi misma que era lo que estaba haciendo, estaba yendo a ver a una persona a la que no conocía y de la que ignoraba todo, salvo su nombre y su soledad.

Una fuerza irresistible me empujaba cuando subí la escalinata del hospital y pregunté en el mostrador por un paciente del que solo sabía que se llamaba Juan y que debió ingresar el sábado por la noche. Tras unos interminables minutos de consulta en el ordenador, la administrativa me

 informó que la persona que buscaba se encontraba ingresada en la unidad coronaria y me dijo el número de habitación.

Con el corazón  golpeando en mi pecho, tomé el ascensor, atestado de personas a esa hora, y subí.

 Conforme me iba acercando a la habitación, el pulso se me iba acelerando hasta hacerme daño.

¡Que situación tan rara! ¿cómo me había metido en esto? ¿Qué le iba a decir cuando me preguntara quien era yo?, si al final no me decidía a hablar con él, le diría que me había confundido de habitación, que era voluntaria de una ONG, en fin algo se me ocurriría.

Al salir del ascensor me enfrenté a largo pasillo donde las habitaciones se distribuían a izquierda y derecha. Caminaba casi de puntillas para no hacer ruido. Me crucé con un médico que venía acompañado de varios jóvenes con bata y fonendoscopio, supuse que serían estudiantes en prácticas. Ninguno de ellos se fijó en mi. Sentí cierto recelo al pasar el control de enfermería, a mitad el pasillo, por si alguna enfermera me preguntaba algo, pues a aquellas alturas de mi aventura aún no tenía claro cual sería la excusa que iba a poner para justificar mi presencia allí, y contestase lo que contestase sonaría falso, con seguridad. Pero afortunadamente no había ninguna enfermera en ese momento, por lo que proseguí mi búsqueda y allí casi al final del pasillo, muy cerca de la salida de emergencia, se encontraba la habitación que buscaba.

Con sigilo me asomé y le vi, tendido en la cama, solo, no había compañero en la zona contigua . Estaba conectado a un monitor y parecía dormido. Me acerqué despacio, le miré con curiosidad. Me pareció que, de joven, habría sido un hombre guapo, pues aún conservaba rasgos armoniosos en su rostro, incluso había algo en su semblante que me resultaba familiar, algún detalle conocido,  pero eso era imposible, ya que era la primera vez que le veía de cerca.

Descansaba plácidamente, casi con media sonrisa en los labios. Me pareció extraño, acostumbrada, como estaba, a verle con esa tristeza que le caracterizaba.

Me dispuse a marcharme, ya cumplido mi deseo de verle, pero algo me impulsaba a acariciarle la mano, que descansaba sobre la colcha blanca. Al notar el contacto, abrió los ojos, de

 

inmediato, con expresión aturdida, que se tornó asustada cuando me vio y comprobó que no era la enfermera sino una desconocida quien le había tocado.

El monitor que marcaba el ritmo de su corazón aumentó de velocidad. Intenté tranquilizarle, pero me miraba con una expresión interrogante, y por fin, con voz trémula preguntó:

-¿Quién es usted, señorita, y por qué está aquí?-

Tuve una sensación de vergüenza impresionante y mi rostro se tornó rojo de repente, no se me ocurría excusa alguna que explicase mi presencia en aquella habitación por lo que opté por contarle la verdad, le expliqué, paso a paso, la semana que llevaba observándole desde el autobús, en ese momento su expresión pasó por un rictus de extrañeza y después se dulcificó, apareció un punto de interés en su mirada, e incluso creí adivinar  una chispita de felicidad en sus ojos mientras yo , aturulladamente,  desgranaba mi relato.

 Él no dijo una palabra mientras yo narraba mi historia . Cuando concluí con – y es por eso que estoy aquí-, el susurró bajito: -¡Gracias, muchas gracias!

Su expresión cambió, sus ojos de color azul vidrioso, parecía que tenían más luz. Entonces se decidió a hablar, y me explicó que la soledad es una bestia que devora las entrañas y que hace caer en el abismo profundo de la depresión, que él estaba  solo y no tenía a nadie.

Me habló de un hijo que fue la alegría  de su vida. Un muchacho soñador  que creyó que podría cambiar el mundo. Siendo muy joven se marchó por esos países desfavorecidos en los que la hambruna reina sobre cualquier gobierno. El creía que podría cambiar algo en aquellas vidas llenas de miseria. Al principio le mantenía informado de los países en los que se encontraba la ONG para la que trabajaba, luego, hubo un momento en que dejó de tener noticias suyas, y tras varios años sin conocer su paradero recibió la mas cruel de las noticias que  un padre puede sufrir,  que cayó como un mazazo sobre su vida y la de su esposa, la muerte de su único hijo. De hecho ella nunca se recuperó de su tristeza y su vida se fue apagando poco a poco, hasta que falleció hacía ahora cinco años.

Ignoraba cualquier detalle de la vida que llevó su hijo desde que se produjo aquel corte en la información, supo que se había casado, porque él mismo se lo contó, pero ignoraba si habría tenido hijos… había intentado indagar sobre el tema,  pero su búsqueda había sido infructuosa. Ya se había dado por vencido y dejó de buscar. Ya no tenía ánimo para nada, sólo se sumía cada día  más en su soledad.

Había días en los que no podía cruzar una palabra con ninguna persona, pues la mujer del portero era mayor y no limpiaba su piso todos los días, y el portero no solía subir a visitarle, por eso era para él una necesidad, el mirar por la ventana, añorando con tristeza, el bullicio exterior de esa

gente que corría tras el autobús, de aquel que apresuraba el paso hacia su trabajo, de los niños con las mochilas cargadas de libros, que entre risas y parloteos se dirigían al colegio, en definitiva, añoraba la vida que había en la calle y que a él le faltaba, porque no tenía a nadie a quien interesase su existencia, ni nadie por quien vivir.

-El hombre es un ser social cuya inteligencia exige, para excitarse, el rumor de la colmena- me dijo parafraseando a Ramón y Cajal.

Yo intentaba sobreponerme, porque soy de lágrima fácil y temía ponerme a llorar como una tonta, y porque me identificaba totalmente con él, pues aunque mucho mas joven, yo tampoco llevaba una existencia muy divertida que dijéramos.

Yo también estaba sola en la ciudad. A mi me crió mi abuela materna porque mis padres fallecieron en un accidente de tren cuando yo era muy pequeña. Cuando mi abuela  murió, no me quedaban mas parientes que conociera, así que con veinte años me fui del pueblo a trabajar a la capital, por lo que hacía ya algún tiempo que la soledad era una compañera conocida también para mi. Tenía compañeros de trabajo, pero no tenía ningún amigo en quien confiar. Por eso y con la mejor de mis sonrisas le prometí que volvería al día siguiente, y al otro, y al otro, y que cuando estuviera recuperado iría a visitarle a su casa con una buena bandeja de pasteles, pero que él debería de poner el café.

Fue en ese momento cuando le vi reír de verdad, por primera vez, dos fuertes carcajadas rompieron el silencio de la Unidad Hospitalaria.  Me alarmé por si nos llamaban la atención. Pero nadie apareció.

Noté humedad en sus ojos,  cuando me despedí de él, porque eran las seis de la tarde y yo ni siquiera había almorzado. Le di un beso en la mejilla y se quedó sorprendido.

Después de aquella tarde volví cada día, mantuvimos largas conversaciones sobre muy diferentes aspectos, comprobé que era un hombre muy culto, de esas personas con las que se puede hablar de cualquier cosa, porque hacen interesantes hasta los temas mas aburridos.

Le observé mejorar día a día, le vi feliz cuando me contaba cosas de su vida, del amor que sintió hacia su esposa, a la que describía como una mujer muy guapa, y luego añadía que se parecía mucho a mi. Yo asentía agradeciendo el cumplido, aunque sabía que aquella señora y  yo

 

no teníamos nada que ver.  Palpaba la ilusión y el orgullo cuando se refería a ese hijo perdido en lejanas tierras y que había sido el eje de su vida.

La visita al hospital se convirtió en parte de mi rutina. Esperaba el momento con ilusión cada día. Así transcurrió el verano. Había nacido un lazo  familiar entre nosotros.

Pero una tarde cuando llegué la cama estaba hecha, y mi anciano caballero no estaba en la habitación. Me alarmé, aunque intenté convencerme de que estarían haciéndole alguna prueba. Corrí en busca de la enfermera y  su expresión me confirmó lo que yo ya intuía.

Sentí dolor, desgarro, como si ese hombre hubiese sido algo mío, ese abuelo que no conocí de pequeña y al que tanto añoré en mi infancia, ya que mi abuela era viuda cuando yo llegué al mundo.

Ahora me encontraba deshecha por la muerte de un anciano del que únicamente conocía su nombre.

Asistí al funeral más desierto y triste de mi vida, solo los porteros y yo. Dejé una rosa sobre su féretro como mudo símbolo de que nunca podría olvidarle, pues aunque estaba convencida de que yo alegré sus últimos días, también su amistad aportó una cantidad incalculable de valores espirituales a mi anodina vida.

Ha pasado  un año desde su muerte, pero de vez en cuando cuándo cojo el autobús y paso por la casa bonita, como yo la llamo desde que reparé en ella, siempre miro al balcón en el primer piso, como queriendo hacer posible lo imposible. Pero las cortinas aparecen siempre corridas y el

portón exterior cerrado.

Esta mañana, cuando acudía a mi trabajo, sentada en la fila de asientos del bus junto a la ventanilla, como de costumbre, miré hacia el balcón y ocurrió algo muy extraño, que sería seguro

producto de mi imaginación, pero me pareció que Don Juan estaba allí, como antes, atisbando la calle, pero esta vez me pareció que me miraba y me sonreía. Parpadeé varias veces porque no daba crédito a mis somnolientos ojos y cuando volví a mirar solo vi la cortina corrida. Estaba claro que lo había imaginado.

Cuando volví a casa, por la tarde, recogí descuidadamente la correspondencia del buzón. Como siempre, estaban las habituales cartas de bancos y facturas varias, pero había un sobre extraño, de un despacho de abogados. Pensé que el cartero se habría equivocado de buzón, pero no, ahí estaba mi nombre escrito con una pulcra caligrafía. Lo abrí con desconfianza.       

Me citaban en una fecha próxima para tratar sobre mi legado familiar, a la vez que me pedían disculpas por la tardanza en contactar conmigo.

            Me quedé estupefacta, ahora sabía que la carta era un error, no entendía por qué venia a mi nombre.

-¡Un legado familiar!, me dio risa, -¡si mi abuela hacía ya años que murió, y no tenía nada de su propiedad!, solamente heredé varias deudas que  tuve que pagar, con mucho esfuerzo, de mi escaso sueldo. Seguro que todavía había algo pendiente … no quería ni pensarlo.

El día señalado me presenté en el bufete, bastante nerviosa y con una sensación de desasosiego muy desagradable en el estómago.

            El letrado que me recibió en su despacho, me saludó con cordialidad. Era un hombre de unos cincuenta años, tenía una sonrisa franca que emanaba confianza, pero yo estaba tan acostumbrada a los malos ratos, que ni siquiera esto me tranquilizó.

Me senté frente a él y  el abogado comenzó su relato pidiéndome disculpas, de nuevo, por la demora en las gestiones realizadas. Me explicó que las pesquisas para dar con mi paradero habían sido muy laboriosas, pero que finalmente habían concluido en que yo era la única heredera de una persona que había fallecido sin dejar otros  descendientes.

Se trataba de un anciano que tenía un solo hijo que murió junto a su esposa en un accidente de ferrocarril en África cuando trabajaba como cooperante. Se supo que este matrimonio tuvo una hija, la cual, en el momento del accidente, se encontraba con una cuidadora, amiga de la pareja y esta mujer, viendo la situación bélica en la que el país se hallaba inmerso, aprovecho un viaje a España de unas monjas de una misión cercana, y les encomendó a la niña para que la condujeran con su abuela materna. Esta amiga del matrimonio fallecido, murió poco después, allá por 1994 durante el desgraciadamente famoso conflicto rwandés entre hutus y tutsis, por lo que se había perdido cualquier pista que llevase al  paradero de la niña. Se ignoraba el domicilio de la abuela y todos los demás detalles que les pudiesen conducir a la heredera. El testador, poco podía aportar a la búsqueda. Este hombre nunca conoció a la esposa de su hijo, pues aunque era española, de hecho había nacido en un pueblecito de la Alpujarra granadina, su hijo la conoció en Kigali. Ambos llevaban años trabajando como cooperantes en Rwanda y allí contrajeron matrimonio. No permitieron las circunstancias convulsas que se vivían en ese momento en el país africano, ningún viaje para conocer a las respectivas familias. Mi cliente tampoco sabía, a ciencia cierta si su

 

hijo habría tenido descendencia o no, solo tenía una última carta recibida de él, en la que creyó leer entre líneas, que pronto sería padre, pero no supo si esto habría llegado a ser una realidad o no, pues poco después se cortó la conexión entre ellos, tras estallar el conflicto bélico y las cartas, si las hubo,  nunca llegaron a su destino.

Hubo que realizar numerosas investigaciones para encontrar a la hija de los finados, pero tras una ardua tarea hemos dado con usted, señorita, por lo que debe decidir si acepta la herencia que le ha legado su abuelo paterno, consistente en una pequeña fortuna en acciones y depósitos bancarios  así como una preciosa casa  en la Gran Vía de Granada.

 

 

 

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UNA MIRADA DE IGUAL A IGUAL

RELATO FINALISTA EN EL II CONCURSO DE RELATOS CORTOS “8 DE MARZO” DEL ILUSTRE AYUNTAMIENTO DE OSUNA (SEVILLA) Y QUE FORMA PARTE DEL LIBRO “EL TREN DEL ATARDECER Y OTROS CUENTOS” DE LA EDITORIAL  HIPÁLAGE.

 

“A todas las mujeres que conocí en Africa y que aún no saben que son importantes”

 

 

 

UNA MIRADA DE IGUAL  A IGUAL

 

       Resguardados entre la espesura, como cada tarde, unos ojos oscuros observaban la inmensidad que se extendía ante ellos. Aquella enorme llanura, de color verde, que avanzaba hasta el infinito, salpicada espontáneamente  por  la figura de una acacia, con su copa plana y ese extraño crecimiento horizontal de sus ramas, aparecía como dormida, incluso los cientos de gacelas que pacían sobre la sabana, con sus rabitos en continuo movimiento pendular, no alteraba un ápice la paz que se dejaba sentir en el entorno, en esa hora cálida de la tarde en la que la luz se torna blanda. Algunos ñus, que habían perdido la manada en su migración hacia Serengeti, permanecían junto a varias cebras, formando  parte de esa visión de ensueño, tan familiar para Waniru. Ella era una niña de, tan solo, nueve años, bastante alta y delgada, de facciones angulosas y casi perfectas, debido a su ascendencia masai, pero que, a su temprana edad, ya estaba fascinada por el paisaje que la rodeaba. No tenía miedo a las fieras, había aprendido a conocer sus costumbres y sus lugares preferidos para dormitar a esta hora calurosa del día, pero eso no impedía que sintiera un profundo respeto por ellos y se mantuviese permanentemente alerta.

         Waniru era hija de la segunda esposa del jefe Kilimcu, una joven masai de unos veinticinco años, que ya era madre de cuatro hijos, tres chicos y una chica que era Waniru, y actualmente esperaba su quinto hijo, hacia el fin de la próxima cosecha.

         El jefe Kilimcu era un altivo guerrero masai, que guiaba a su pueblo con las mismas costumbres que  sus antepasados habían ido transmitiendo de generación en generación.

         Pastores nómadas que vivían en chozas construidas con barro y excrementos de vaca, los masai hacían su vida en torno a su ganado que era su bien más preciado.

         Últimamente las lluvias largas habían acudido puntuales, y a finales de mayo, el pasto era abundante, por lo que la estancia en aquel paraje, junto al río Mara, se prolongaba inusualmente.

         Waniru se sentía feliz en el poblado, junto a sus hermanos, no le molestaban, en absoluto, las moscas que se pegaban en su cara, sólo pensaba en jugar y en admirar las maravillas que le rodeaban.

         Una mañana, al levantarse, corrió hacia la shamba (huerto) que cultivaba su madre junto a otras mujeres del poblado, allí las vio trabajando, dobladas por la cintura con los bebés a la espalda, recogiendo judías, maíz o guisantes. Las faldas de vivos colores centelleando al sol. Los hombres nunca se acercaban a la tierra, lo consideraban indigno, cosa de mujeres, ellos se ocupaban del rebaño, al que valoraban mucho más que a sus propias esposas. Uno de aquellos bueyes no debía de transportar carga alguna, mientras que no había límite para las mujeres africanas, que, con cintas de cuero cruzadas sobre la frente acarreaban pesados haces de leña, ante la mirada pasiva de los varones del poblado, que permanecían bajo la sombra de los árboles, apoyados sobre un pie, como los flamencos, con sus shukas(túnicas) de color rojo, al viento, como dioses tribales.

         Waniru ya colaboraba con las mujeres en las tareas agrícolas, acarreando agua, en calabazas, desde el rio, e incluso reparando con sus manos las techumbres de paja y excrementos.

         Su padre tenía los ojos puestos en ella, ya que era la única hembra entre sus hijos, y eso le llenaba de orgullo. Un día la llamó a su presencia, y con mucha solemnidad le anunció que pronto tendría lugar su ceremonia de iniciación, la cual la convertiría en una mujer muy respetada en la tribu. Muchos jóvenes  guerreros estarían encantados de tomarla como esposa, pero él ya había pensado en ello y había acordado su matrimonio con el joven Kabury, hijo del guerrero más rico de la tribu, ya que poseía cientos de cabezas de ganado y estaba dispuesto a pagar por ella, cincuenta de sus mejores vacas. Este matrimonio tendría lugar cuando Kabury pasara la prueba de afirmación como guerrero, que consistía en que habría de vivir solo, durante muchas lunas, alejado del poblado, y regresaría convertido en  guerrero, tras matar con sus manos un león.

         A sus doce años todo esto le pareció excitante a Waniru, e incluso empezó a mirar con cierto interés a Kabury, que  tenía cuatro años más que ella y una considerable estatura, y aunque era patilargo y desgarbado, ella lo encontraba muy guapo.

         Desde el día que mantuvo esa conversación con su padre, Waniru no paraba de dar vueltas en su cabeza a lo que él había dicho sobre su ceremonia de iniciación, ya que no tenía la menor idea de en qué consistía. Se lo había preguntado a su madre, que le había contestado que lo sabría en su debido momento, pero ella era impetuosa y ansiaba conocer todo, especialmente las cosas relacionadas con ella misma, así que una tarde al volver del rio, se acercó a la choza de la hechicera. Estaba segura de que ella la sacaría de dudas, ya que era una mujer muy sabia, que conocía todos los secretos de los antepasados y era capaz de curar enfermedades y heridas con sus plantas y abalorios mágicos. Sólo cuando alguien había enfermado y su “medicina” no había surtido efecto, la hechicera explicaba que era ¡Shauri ya mungu! (La voluntad de Dios).

         La mujer vio acercarse a Waniru y la saludó con su mano cargada de pulseras multicolores, mientras que con la otra mano removía una decocción de plantas que preparaba como remedio para el mal de pecho que padecía una joven de la tribu que llevaba semanas sudando y tosiendo, presa de una fiebre infernal. No ignoraba la hechicera, que la tuberculosis mata ferozmente sin un tratamiento adecuado, y que este se encontraba muy lejos de sus manos.

         Waniru se sentó junto a ella y con mucho respeto le expuso sus interrogantes. La misteriosa mujer de ébano fue desgranando pausadamente todos los entresijos de la ceremonia de iniciación o irua sagrada. Le explicó cada uno de los pasos de esta feroz mutilación femenina, que ella misma llevaría a cabo, justificando el proceso como aquel que preserva la virtud de las jóvenes hasta que contraen matrimonio, garantizando su virginidad al hombre que las tome por esposas, y las hace ser respetadas en todo el poblado. Por el contrario, las jóvenes que no estén dispuestas o griten durante la ceremonia, atraen thahu (desgracia) sobre su familia y ellas mismas.

         Caía el ocaso, cuando Waniru regresaba a su choza, la selva y la sabana aparecían envueltas en una neblina lúgubre. Penetró en el interior del habitáculo donde sus hermanos permanecían a resguardo del frio exterior. Su madre asaba carne en la hoguera, pero ella no probó bocado y se tumbó en su camastro con un intenso nudo que le atenazaba las entrañas. Aquella noche empezó a cuestionarse las costumbres de su poblado, no creía en thahu, ni pensaba, que por ser mujer tuviese que someterse a semejante barbaridad.

         Los días que siguieron, Waniru miraba, cada vez con ojos más críticos, la vida de las mujeres, trabajando de sol a sol, en las tareas más arduas, con sus hijos a la espalda, soportando el sol ardiente, mientras los hombres bebían calabazas de cerveza, que ellas mismas elaboraban, tumbados junto al ganado.

         Esa vida no la quería para sí ni para sus hijas, si alguna vez las tenía, y por supuesto no pensaba someterse a esa operación infame. Ya había oído, entre susurros historias de chicas muertas por la infección e incluso mujeres que habían perdido a sus hijos y su propia vida en el parto, al no poder dar a luz con normalidad debido a la deformidad producida por la terrible mutilación.

         La mañana de su iniciación, Waniru no estaba en la choza.

        La noche anterior, cuando el poblado dormía. Había salido sigilosamente, internándose en la negra espesura. En su huída desesperada, había notado miles de ojillos acechándola, Waniru sintió miedo por primera vez, nunca había salido del poblado de noche, en esas horas en las que los depredadores nocturnos van de caza. Avanzaba como un felino, con todo sigilo, bordeando los meandros del río Mara, sobresaltándose con los resoplidos de los hipopótamos, rogando para no cruzarse en el camino con algún cocodrilo, pero, sobre todo, no quería pensar en la presencia escurridiza de la “mamba negra”, esa pequeña serpiente con un veneno capaz de matar en minutos a un elefante. Vio amanecer y anochecer varias veces, estaba totalmente perdida,  muerta de hambre, temblando de frío y de miedo, con la calabaza de agua vacía, cuando cayó sin sentido.

         Al volver en sí, todo aparecía envuelto en penumbra y Waniru tardó unos segundos en adaptar su visión al entorno. Entonces pudo distinguir que se encontraba tumbada sobre un camastro, en una gran estancia donde había más camas. Sobre ellas reposaban varias personas, sintió miedo, sólo oía el respirar pausado de los durmientes. No sabía qué hacer, de pronto recordó por qué estaba allí, rememoró su huída del poblado. Pensó en su madre y sintió ganas de llorar. Pero ¿Qué lugar era este? ¿Estaba allí porque sus parientes la habían traído a la fuerza?.  Aquella habitación no le sonaba, podía ser algún lugar al que su padre la había trasladado para obligarla a someterse al ritual de su iniciación. No lo dudó, saltó de la cama y se dirigió a la puerta. Al pasar entre las camas, le pareció que todas las personas que dormían eran mujeres, eso reforzaba más su teoría de que estaban allí para someterse a la horrible operación, pero no se paró a comprobarlo. Abrió la puerta y se encontró en mitad del campo, estaba amaneciendo, así que calculó que serían las seis de la mañana. Allí había vehículos todo terreno y algunas tiendas de color blanco. No parecía un lugar sobre el que su padre tuviese influencia.

         Estaba en estas reflexiones, cuando una joven rubia de pelo ondulado se le acercó y en perfecto swahili le dijo que no debería haberse levantado, ya que todavía se encontraba muy débil, que llegó en muy mal estado y que aún tendría fiebre. Waniru la miraba como una gacela asustada y no se atrevió a contradecirla cuando la empujó suavemente hacia el interior de una de las tiendas y le ofreció té caliente y unas galletas, que Waniru comió con avidez, mientras la joven le explicaba que aquel lugar era una misión organizada por una ONG española que hacía varios años que operaba en esa zona y que uno de los cooperantes la había encontrado cerca de allí, desvanecida en medio del camino, a merced de los depredadores que acechaban. Pero que aunque habían temido por su vida, su fortaleza habia superado a la importante desnutrición y deshidratación que sufría, logrando sobrevivir tras varios días debatiéndose entre la vida y la muerte. Waniru le explicó el motivo que la había llevado a abandonar su poblado.

         Y entonces Delia, que así se llamaba la joven doctora, le informó  que en la misión se encontraban otras dos jóvenes, procedentes de otras etnias, pero que habían acudido allí buscando refugio por el mismo motivo que ella, huyendo de esa práctica tan arraigada en muchas comunidades, aunque el gobierno, en Kenia, la hubiese prohibido expresamente en el año 2001.

         Unos días después. Waniru fue trasladada junto a Unice y Shico, las otras dos niñas de catorce años, que habían huido de sus hogares al igual que ella, a una escuela-pensión en Nairobi, donde se hicieron cargo de ellas. El viaje fue penoso por el mal estado de las carreteras y tardaron muchas horas en llegar, pero Wamiru presentía que un futuro mejor se abría ante ellas.

         En aquella escuela pasaron varios años, con sus momentos buenos y sus momentos malos, pero siempre con la ilusión de un mundo mejor y mas justo.

         Una mañana, en los alrededores de la Universidad, Waniru ya contaba veintidós años, y se había convertido en una auténtica belleza africana, estaba haciendo hora para el comienzo de una conferencia en la que actuaba como ponente y en la que se debatiría sobre “ La ablación femenina en numerosos países de Africa”. Su campaña contra esta práctica había traspasado las fronteras de Kenia y la voz de Waniru se había escuchado ya en Europa y America.

         Un joven alto e impecablemente vestido, bromeaba con otra estudiante y se despedía de ella, cuando su mirada se cruzó con la de Waniru, la sorpresa se pintó en el rostro de ambos.

         El joven se acercó y le preguntó: ¿Waniru eres tú?

         Ella asintió tímidamente, no daba crédito a sus ojos, pues delante de ella estaba Kabury, pero no con shuka y lanza, como ella le imaginaba las muchas veces que pensaba en él, pues, secretamente seguía enamorada, sino que tenía ante sí a un joven educado, que en pocas palabras le explicó que al volver y ver que ella se había marchado, salió sin rumbo en su busca. El no pensaba quedarse en la tribu, pues en su largo peregrinar por los distintos poblados, en su afirmación como guerrero, había visto las condiciones penosas de la vida de las gentes, las enfermedades que diezmaban la población por falta de asistencia médica, había visto la labor de las Organizaciones humanitarias y había decidido que ayudaba mas a África como médico que como guerrero, y además no había podido cazar ningún león, ya que la ley prohíbe la caza en todo el país.

         Su padre recibió la noticia con gran disgusto, máxime cuando esto conllevaba vender gran parte de su ganado para costear sus estudios, pero finalmente accedió. Era raro que no hubiesen coincidido alguna vez en la Universidad, aunque él, como era mayor, llevaba varios cursos por encima de Waniru, y ya terminada su carrera, Kabury trabajaba en un hospital británico en Nairobi, a la espera de partir, en los próximos días, con una expedición destinada a vacunar de diferentes enfermedades a los habitantes de la sabana.

         Waniru se encontraba en su último año de Universidad. Hubiese dado la vida por marcharse con él a Mara, pero para ella era muy importante acabar su carrera, y sobre todo tenía aún mucho que hacer en su cruzada contra la ablación femenina, esa era su lucha particular, eso era lo que le había alejado de su amado pueblo, de sus padres, de sus hermanos, que en su ignorancia, ella sabía que la querían, y los había echado mucho de menos, ¡Tantas noches en soledad pensando en su familia! ¡Cuántas lágrimas derramadas por su pueblo, por sus orígenes, por su sabana querida!... pero consideraba que tenía aún mucho que hacer en su combate contra esta abominable práctica, aunque cada vez contaba con más apoyo, por parte de muchas mujeres, y también, al fin, de  bastantes hombres. Estaba totalmente convencida de que sus esfuerzos no serían en vano, y aunque sabía que no viviría lo suficiente para ver totalmente erradicada esta práctica, sabía que su lucha valdría la pena, y poco a poco las comunidades estaban prestando más atención a sus palabras, porque algunos líderes se habían unido a sus ideas e influían en los miembros de su comunidad, al establecer Waniru alternativas en los ritos de iniciación, que conservarían todos los valores tradicionales, así como religiosos que reemplazarían la ablación de las niñas. Creía firmemente que algo estaba cambiando en África, aunque fuera lentamente.

         Aún así, Waniru seguía pensando en su familia, echando de menos a su madre, a sus hermanos, y ¿por qué no? A su padre, al que amaba y admiraba a pesar de todo.

         Esa tarde Waniru hablaría en Nanyuki, muy cerca del Monte Kenia, para un gran número de personas, algunos habían caminado varios días para estar allí. Sorprendentemente había muchos hombres. Waniru se dirigió a todos los allí reunidos, con la mejor de sus sonrisas, que quedó helada en su cara al distinguir a su padre, el Gran Jefe Kilimcu, entre los asistentes. Él tenía la mirada clavada en ella, una expresión seria y desafiante se veía en su rostro. Waniru sintió como el corazón se le aceleraba y trotaba en su pecho como mil cebras al galope. Recordó que siempre miraba al suelo cuando el gran jefe hablaba, pero la situación ahora era distinta, ella tenía el mando, gobernaba su vida e intentaba que la vida de otras mujeres en aquel continente fuera mejor. Esa idea le infundió el valor necesario para comenzar a hablar. Durante casi dos horas, Wamiru se dirigió a todas aquellas personas e intentó hacerles ver que su existencia podía ser  mejor, que había medios para emerger de la pobreza, les habló de medicina, de medidas de higiene, de cómo prevenir enfermedades,  de cómo evitar la imparable propagación del virus del sida, y por último, se detuvo en explicar los peligros de la ablación en las niñas, que además de peligrosa era muy perjudicial para los futuros alumbramientos, al contrario de la creencia que había extendida, y sobre todo, cada vez más, el temor a esta práctica propiciaba que muchas de estas niñas huyeran de sus hogares, quedando a merced de los depredadores o muriendo de hambre o sed. Al pronunciar estas palabras, Waniru dirigió una mirada al gran Jefe Kilimcu, quien en ese momento, con la cabeza baja, abandonó la estancia. Si Waniru se hubiese fijado, habría podido ver lágrimas en sus ojos…

         Tres años más tarde, en un recodo del río Mara, podía verse una agrupación de tiendas blancas, junto a las cuales hacían cola varios nativos, a la espera de atención médica.  Dentro, mientras daba unos puntos de sutura, Kabury dedicaba una mirada enamorada a su esposa Waniru, que en ese momento vendaba el bracito de un bebé, y daba recomendaciones para evitar una nueva quemadura, mientas la mamá le dedicaba un agradecido Asante sana (gracias) a Waniru, ésta devolvió la mirada a su marido, una mirada de igual a igual, como siempre debió ser, como algún día sería para todas las mujeres africanas. Luego a través de la mosquitera divisó la inmensa sabana y el Land Cruiser de Delia acercándose a la clínica. Y, como aquella vez, cuando tenía nueve años, sintió que Africa le pertenecía, que amaba esta tierra y todo lo que había en ella, más que a su vida.