RELATO GANADOR DEL
CERTAMEN DE RELATOS VALENTÍN SANCHEZ de 2013 Organizado por la Concejalía de
Cultura del Ayuntamiento de Villanueva Mesía
Allí donde encontremos a un ser humano,
Hay siempre una oportunidad para ser amables
o realizar actos espontáneos de amabilidad. (Séneca)
Un
balcón en el primer piso
Todo
ocurrió a raíz de que un conductor novato se saltó una señal de ceda el paso en
una de las múltiples rotondas con fuente que adornan la ciudad de Granada, y me
hizo añicos mi viejo utilitario. Por suerte, ni el novato ni yo tuvimos daños
personales, pero me quedé sin coche y no tuve mas remedio que, en los días
posteriores al incidente, echar mano del autobús para ir al trabajo.
¡Dios mío! ¡qué pérdida de tiempo a las siete de la
mañana!¡Con lo bien que sientan diez minutos más en la cama a estas horas!,
pensé después de restregarme los ojos y poner los pies descalzos en el suelo.
Tras una ducha rápida y un café instantáneo corrí
a la parada del autobús. Hacía un frío helador, por lo que entré en el vehículo
y me arrellané en un asiento junto a la ventanilla, se agradecía la
calefacción, y me dediqué a mirar al exterior y a descubrir cosas de la ciudad
que antes no estaban o yo no había reparado en ellas. Me fui fijando en los
maceteros con flores de Puerta Real, descubrí tiendas en la calle Reyes, que
ignoraba que existieran, y al llegar a la Gran Vía, el autobús se detuvo en una
parada, lo cual me dio unos segundos para ver de cerca las farolas de diseño.
En ese momento mi mirada se desvió hacia el edificio que tenía a mi lado, una
casa de las que aun quedan de otra época, que era sencillamente preciosa.
Pertenecía a ese tipo de construcciones en las que no se escatimó en ornamentos
tanto en las barandas como en la fachada, que se hallaba cubierta de rosetones
y bajo relieves.
Era una belleza. ¡Cómo me gustaría vivir en una
casa como esta! pensé, pero la realidad era bien distinta, ya que mi exiguo
sueldo solo me permitía pagar el alquiler de un pequeñísimo y oscuro
apartamento.
En uno de los balcones del primer piso de aquella majestuosa
edificación, tras los cristales, creí divisar la silueta de una persona, miré
entonces con mas interés y descubrí a un anciano con la expresión mas triste
que yo había visto en toda mi vida,
En ese momento el autobús se puso en marcha, y aunque me
volví para seguir viéndole. Lo perdí en unos segundos. No supe por qué, pero me
quedé impresionada. De hecho, pasé toda la mañana dándole vueltas a la imagen
de aquel anciano y al motivo de su tristeza.
Al volver, a las tres y media, venía pendiente de mirar
hacia el balcón, y en cuanto el autobús paró en la acera de enfrente, me
apresuré a buscar con la mirada el primer piso, pero para mi decepción, el
balcón estaba vacío. Miré hacia los balcones colindantes, pero tampoco había
nadie. Las cortinas se encontraban corridas en todos ellos.
El autobús arrancó y me fui con una sensación de
frustración que ni yo misma lograba entender.
A la mañana siguiente, mientras esperaba en la parada, no
notaba el frío, sólo pensaba en volver a ver al anciano. De nuevo al pasar por
la Gran vía, le vi como la mañana anterior, atisbando tras los cristales, y al
igual que ayer, la tristeza estaba dibujada en sus ojos. Su expresión no había
variado. Esta vez me fijé mejor en sus rasgos: tenía el pelo totalmente cano,
aunque abundante, salvo en la zona frontal, donde unas profundas entradas le
daban un aspecto interesante. Sobre el labio pude distinguir un bigotito de
igual color que el pelo. Sus facciones eran angulosas. Llevaba un batín oscuro
y un pañuelo, con un pequeño estampado, al cuello. Me pareció todo un
caballero, aunque, eso si, un caballero muy triste. ¿Cómo puede ser tan infeliz
alguien que vive en una casa tan bella? Me pregunté.
El autobús arrancó bruscamente. Un pasajero, que iba de pie,
perdió el equilibrio y se interpuso entre mi vista y la ventanilla, por lo que
dejé de ver a mi anciano caballero.
Transcurrió toda la semana, y cada mañana se repetía el
ritual, yo estaba pendiente de mirar hacia el balcón donde se
encontraba el anciano, y cada mañana le veía tras el cristal con la misma
expresión de tristeza e incluso me atrevería a decir que ésta había aumentado
de intensidad.
Durante el fin de semana no se me fue de la cabeza ni un
minuto, pensé que necesitaba saber algo mas de él, aunque solo fuera su nombre,
pero deseché la idea por descabellada, yo no tenía derecho a inmiscuirme en la
vida de nadie, pensaría que soy una loca, la gente no va por ahí preocupándose
de lo que le ocurre a los desconocidos ¿o si?.
Pasé el fin de semana deseando que llegara el lunes para
volver a realizar el trayecto que me llevara a saber mas del anciano. Cuando
subí al autobús llevaba el corazón al galope. No me podía creer que un
desconocido, que podría muy bien ser mi abuelo, del que ignoraba todo,
desencadenase tantas emociones en mi.
Esperé con ansiedad la primera parada de la Gran Vía,
incluso pulsé con disimulo el botón para solicitar que parase, aunque no tenía
intención de bajar, sólo para lograr que el autobús se detuviera unos segundos,
y poder mirar hacia el balcón, pero la decepción se pintó en mi cara.
Inexplicablemente no había nadie. Me fui a trabajar bastante decepcionada.
Las mañanas que siguieron tampoco le
ví, así que el miércoles, al volver de la oficina, no
pude resistirme y me bajé en la parada de enfrente de la
casa bonita y crucé la calle. No entendía lo que estaba haciendo, pero no podía
detenerme. Penetré en el suntuoso portal de mármol blanco y maderas nobles, que
parecía que me transportaba a otra época y tropecé con un hombre de avanzada
edad que llevaba un cepillo de barrer en la mano y que me miraba de forma
interrogante. Era el portero de la finca. Al parecer conocía bien a todos los
visitantes de la casa, porque vi en su cara que me observaba como a una
intrusa. Para dar mas normalidad a la situación le pregunté si había algún piso
en alquiler.
El hombre me miró con una expresión mas relajada y con una
sonrisita amarga me dijo que no, que aunque todos los pisos estaban vacíos, Don
Juan, que era el vecino del primero y a su vez dueño del inmueble no quería
alquilarlos, sólo el ático se lo tenía cedido a él y a su esposa que eran los
porteros. El hombre se veía dispuesto a la charla y me contó que ellos se
encargaban de la limpieza de la casa y de atender al dueño desde que quedó
viudo, pero que en cuanto Dios se acordara de Don Juan, ellos volverían a la
tranquilidad de su pueblo. Me contó que desde el sábado por la noche su mujer y
él eran los únicos habitantes del edificio, ya que Don Juan tuvo que ser
ingresado de urgencia con un ataque al corazón. Me alarmé de repente, una
sensación de hormigueo recorrió mi cuerpo de pies a cabeza, parecía como si las
piernas no fuesen capaces de sostener mi peso. Me apoyé con disimulo en el
pasamanos e intenté respirar pausadamente antes de preguntarle a que hospital
le llevaron. El hombre me miró un poco perplejo por la pregunta, yo mentí
diciendo que era enfermera, y a estas alturas de la conversación ya parecíamos
conocernos de toda la vida. Pero me dijo que no lo sabía, que oyó decir al
conductor de la ambulancia que lo llevaría al Hospital Virgen de las Nieves,
pero no estaba seguro. Estaba claro que no había ido a visitarle.
Me despedí del portero y crucé de nuevo la calle para volver
a mi casa, totalmente abatida, pero lo pensé mejor, volví a cruzar y cogí en
marcha un autobús que me llevaba en dirección al hospital donde supuse que el
anciano se encontraba ingresado.
Durante el trayecto me pregunté a mi misma que era lo que
estaba haciendo, estaba yendo a ver a una persona a la que no conocía y de la
que ignoraba todo, salvo su nombre y su soledad.
Una fuerza irresistible me empujaba cuando subí la
escalinata del hospital y pregunté en el mostrador por un paciente del que solo
sabía que se llamaba Juan y que debió ingresar el sábado por la noche. Tras
unos interminables minutos de consulta en el ordenador, la administrativa me
informó que la persona que buscaba se encontraba
ingresada en la unidad coronaria y me dijo el número de habitación.
Con el corazón golpeando en mi pecho, tomé el
ascensor, atestado de personas a esa hora, y subí.
Conforme me iba acercando a la habitación, el pulso se
me iba acelerando hasta hacerme daño.
¡Que situación tan rara! ¿cómo me había metido en esto? ¿Qué
le iba a decir cuando me preguntara quien era yo?, si al final no me decidía a
hablar con él, le diría que me había confundido de habitación, que era
voluntaria de una ONG, en fin algo se me ocurriría.
Al salir del ascensor me enfrenté a largo pasillo donde las
habitaciones se distribuían a izquierda y derecha. Caminaba casi de puntillas
para no hacer ruido. Me crucé con un médico que venía acompañado de varios
jóvenes con bata y fonendoscopio, supuse que serían estudiantes en prácticas.
Ninguno de ellos se fijó en mi. Sentí cierto recelo al pasar el control de
enfermería, a mitad el pasillo, por si alguna enfermera me preguntaba algo,
pues a aquellas alturas de mi aventura aún no tenía claro cual sería la excusa
que iba a poner para justificar mi presencia allí, y contestase lo que
contestase sonaría falso, con seguridad. Pero afortunadamente no había ninguna
enfermera en ese momento, por lo que proseguí mi búsqueda y allí casi al final
del pasillo, muy cerca de la salida de emergencia, se encontraba la habitación
que buscaba.
Con sigilo me asomé y le vi, tendido en la cama, solo, no
había compañero en la zona contigua . Estaba conectado a un monitor y parecía
dormido. Me acerqué despacio, le miré con curiosidad. Me pareció que, de joven,
habría sido un hombre guapo, pues aún conservaba rasgos armoniosos en su
rostro, incluso había algo en su semblante que me resultaba familiar, algún
detalle conocido, pero eso era imposible, ya que era la primera vez
que le veía de cerca.
Descansaba plácidamente, casi con media sonrisa en los
labios. Me pareció extraño, acostumbrada, como estaba, a verle con esa tristeza
que le caracterizaba.
Me dispuse a marcharme, ya cumplido mi deseo de verle, pero
algo me impulsaba a acariciarle la mano, que descansaba sobre la colcha blanca.
Al notar el contacto, abrió los ojos, de
inmediato, con expresión aturdida, que se tornó asustada
cuando me vio y comprobó que no era la enfermera sino una desconocida quien le
había tocado.
El monitor que marcaba el ritmo de su corazón aumentó de
velocidad. Intenté tranquilizarle, pero me miraba con una expresión
interrogante, y por fin, con voz trémula preguntó:
-¿Quién es usted, señorita, y por qué está aquí?-
Tuve una sensación de vergüenza impresionante y mi rostro se
tornó rojo de repente, no se me ocurría excusa alguna que explicase mi
presencia en aquella habitación por lo que opté por contarle la verdad, le
expliqué, paso a paso, la semana que llevaba observándole desde el autobús, en
ese momento su expresión pasó por un rictus de extrañeza y después se
dulcificó, apareció un punto de interés en su mirada, e incluso creí
adivinar una chispita de felicidad en sus ojos mientras yo ,
aturulladamente, desgranaba mi relato.
Él no dijo una palabra mientras yo narraba mi historia
. Cuando concluí con – y es por eso que estoy aquí-, el susurró bajito:
-¡Gracias, muchas gracias!
Su expresión cambió, sus ojos de color azul vidrioso,
parecía que tenían más luz. Entonces se decidió a hablar, y me explicó que la
soledad es una bestia que devora las entrañas y que hace caer en el abismo
profundo de la depresión, que él estaba solo y no tenía a nadie.
Me habló de un hijo que fue la alegría de su
vida. Un muchacho soñador que creyó que podría cambiar el mundo.
Siendo muy joven se marchó por esos países desfavorecidos en los que la
hambruna reina sobre cualquier gobierno. El creía que podría cambiar algo en
aquellas vidas llenas de miseria. Al principio le mantenía informado de los
países en los que se encontraba la ONG para la que trabajaba, luego, hubo un
momento en que dejó de tener noticias suyas, y tras varios años sin conocer su
paradero recibió la mas cruel de las noticias que un padre puede
sufrir, que cayó como un mazazo sobre su vida y la de su esposa, la
muerte de su único hijo. De hecho ella nunca se recuperó de su tristeza y su
vida se fue apagando poco a poco, hasta que falleció hacía ahora cinco años.
Ignoraba cualquier detalle de la vida que llevó su hijo
desde que se produjo aquel corte en la información, supo que se había casado,
porque él mismo se lo contó, pero ignoraba si habría tenido hijos… había
intentado indagar sobre el tema, pero su búsqueda había sido
infructuosa. Ya se había dado por vencido y dejó de buscar. Ya no tenía ánimo
para nada, sólo se sumía cada día más en su soledad.
Había días en los que no podía cruzar una palabra con
ninguna persona, pues la mujer del portero era mayor y no limpiaba su piso
todos los días, y el portero no solía subir a visitarle, por eso era para él
una necesidad, el mirar por la ventana, añorando con tristeza, el bullicio
exterior de esa
gente que corría tras el autobús, de aquel que apresuraba el
paso hacia su trabajo, de los niños con las mochilas cargadas de libros, que
entre risas y parloteos se dirigían al colegio, en definitiva, añoraba la vida
que había en la calle y que a él le faltaba, porque no tenía a nadie a quien
interesase su existencia, ni nadie por quien vivir.
-El hombre es un ser social cuya inteligencia exige, para
excitarse, el rumor de la colmena- me dijo parafraseando a Ramón y Cajal.
Yo intentaba sobreponerme, porque soy de lágrima fácil y
temía ponerme a llorar como una tonta, y porque me identificaba totalmente con
él, pues aunque mucho mas joven, yo tampoco llevaba una existencia muy
divertida que dijéramos.
Yo también estaba sola en la ciudad. A mi me crió mi abuela
materna porque mis padres fallecieron en un accidente de tren cuando yo era muy
pequeña. Cuando mi abuela murió, no me quedaban mas parientes que
conociera, así que con veinte años me fui del pueblo a trabajar a la capital,
por lo que hacía ya algún tiempo que la soledad era una compañera conocida
también para mi. Tenía compañeros de trabajo, pero no tenía ningún amigo en
quien confiar. Por eso y con la mejor de mis sonrisas le prometí que volvería
al día siguiente, y al otro, y al otro, y que cuando estuviera recuperado iría
a visitarle a su casa con una buena bandeja de pasteles, pero que él debería de
poner el café.
Fue en ese momento cuando le vi reír de verdad, por primera
vez, dos fuertes carcajadas rompieron el silencio de la Unidad
Hospitalaria. Me alarmé por si nos llamaban la atención. Pero nadie
apareció.
Noté humedad en sus ojos, cuando me despedí de
él, porque eran las seis de la tarde y yo ni siquiera había almorzado. Le di un
beso en la mejilla y se quedó sorprendido.
Después de aquella tarde volví cada día, mantuvimos largas
conversaciones sobre muy diferentes aspectos, comprobé que era un hombre muy
culto, de esas personas con las que se puede hablar de cualquier cosa, porque
hacen interesantes hasta los temas mas aburridos.
Le observé mejorar día a día, le vi feliz cuando me contaba
cosas de su vida, del amor que sintió hacia su esposa, a la que describía como
una mujer muy guapa, y luego añadía que se parecía mucho a mi. Yo asentía
agradeciendo el cumplido, aunque sabía que aquella señora y yo
no teníamos nada que ver. Palpaba la ilusión y el
orgullo cuando se refería a ese hijo perdido en lejanas tierras y que había
sido el eje de su vida.
La visita al hospital se convirtió en parte de mi rutina.
Esperaba el momento con ilusión cada día. Así transcurrió el verano. Había
nacido un lazo familiar entre nosotros.
Pero una tarde cuando llegué la cama estaba hecha, y mi
anciano caballero no estaba en la habitación. Me alarmé, aunque intenté
convencerme de que estarían haciéndole alguna prueba. Corrí en busca de la
enfermera y su expresión me confirmó lo que yo ya intuía.
Sentí dolor, desgarro, como si ese hombre hubiese sido algo
mío, ese abuelo que no conocí de pequeña y al que tanto añoré en mi infancia,
ya que mi abuela era viuda cuando yo llegué al mundo.
Ahora me encontraba deshecha por la muerte de un anciano del
que únicamente conocía su nombre.
Asistí al funeral más desierto y triste de mi vida, solo los
porteros y yo. Dejé una rosa sobre su féretro como mudo símbolo de que nunca
podría olvidarle, pues aunque estaba convencida de que yo alegré sus últimos
días, también su amistad aportó una cantidad incalculable de valores
espirituales a mi anodina vida.
Ha pasado un año desde su muerte, pero de vez en
cuando cuándo cojo el autobús y paso por la casa bonita, como yo la llamo desde
que reparé en ella, siempre miro al balcón en el primer piso, como queriendo
hacer posible lo imposible. Pero las cortinas aparecen siempre corridas y el
portón exterior cerrado.
Esta mañana, cuando acudía a mi trabajo, sentada en la fila
de asientos del bus junto a la ventanilla, como de costumbre, miré hacia el
balcón y ocurrió algo muy extraño, que sería seguro
producto de mi imaginación, pero me pareció que Don Juan
estaba allí, como antes, atisbando la calle, pero esta vez me pareció que me
miraba y me sonreía. Parpadeé varias veces porque no daba crédito a mis
somnolientos ojos y cuando volví a mirar solo vi la cortina corrida. Estaba
claro que lo había imaginado.
Cuando volví a casa, por la tarde, recogí descuidadamente la
correspondencia del buzón. Como siempre, estaban las habituales cartas de
bancos y facturas varias, pero había un sobre extraño, de un despacho de
abogados. Pensé que el cartero se habría equivocado de buzón, pero no, ahí
estaba mi nombre escrito con una pulcra caligrafía. Lo abrí con
desconfianza.
Me citaban en una fecha próxima para tratar sobre mi legado
familiar, a la vez que me pedían disculpas por la tardanza en contactar
conmigo.
Me
quedé estupefacta, ahora sabía que la carta era un error, no entendía por qué
venia a mi nombre.
-¡Un legado familiar!, me dio risa, -¡si mi abuela hacía ya
años que murió, y no tenía nada de su propiedad!, solamente heredé varias
deudas que tuve que pagar, con mucho esfuerzo, de mi escaso sueldo.
Seguro que todavía había algo pendiente … no quería ni pensarlo.
El día señalado me presenté en el bufete, bastante nerviosa
y con una sensación de desasosiego muy desagradable en el estómago.
El
letrado que me recibió en su despacho, me saludó con cordialidad. Era un hombre
de unos cincuenta años, tenía una sonrisa franca que emanaba confianza, pero yo
estaba tan acostumbrada a los malos ratos, que ni siquiera esto me tranquilizó.
Me senté frente a él y el abogado comenzó su
relato pidiéndome disculpas, de nuevo, por la demora en las gestiones
realizadas. Me explicó que las pesquisas para dar con mi paradero habían sido
muy laboriosas, pero que finalmente habían concluido en que yo era la única
heredera de una persona que había fallecido sin dejar
otros descendientes.
Se trataba de un anciano que tenía un solo hijo que murió
junto a su esposa en un accidente de ferrocarril en África cuando trabajaba
como cooperante. Se supo que este matrimonio tuvo una hija, la cual, en el
momento del accidente, se encontraba con una cuidadora, amiga de la pareja y
esta mujer, viendo la situación bélica en la que el país se hallaba inmerso,
aprovecho un viaje a España de unas monjas de una misión cercana, y les
encomendó a la niña para que la condujeran con su abuela materna. Esta amiga del
matrimonio fallecido, murió poco después, allá por 1994 durante el
desgraciadamente famoso conflicto rwandés entre hutus y tutsis, por lo que se
había perdido cualquier pista que llevase al paradero de la niña. Se
ignoraba el domicilio de la abuela y todos los demás detalles que les pudiesen
conducir a la heredera. El testador, poco podía aportar a la búsqueda. Este
hombre nunca conoció a la esposa de su hijo, pues aunque era española, de hecho
había nacido en un pueblecito de la Alpujarra granadina, su hijo la conoció en
Kigali. Ambos llevaban años trabajando como cooperantes en Rwanda y allí
contrajeron matrimonio. No permitieron las circunstancias convulsas que se
vivían en ese momento en el país africano, ningún viaje para conocer a las
respectivas familias. Mi cliente tampoco sabía, a ciencia cierta si su
hijo habría tenido descendencia o no, solo tenía una última
carta recibida de él, en la que creyó leer entre líneas, que pronto sería
padre, pero no supo si esto habría llegado a ser una realidad o no, pues poco
después se cortó la conexión entre ellos, tras estallar el conflicto bélico y
las cartas, si las hubo, nunca llegaron a su destino.
Hubo que realizar numerosas investigaciones para encontrar a
la hija de los finados, pero tras una ardua tarea hemos dado con usted,
señorita, por lo que debe decidir si acepta la herencia que le ha legado su
abuelo paterno, consistente en una pequeña fortuna en acciones y depósitos
bancarios así como una preciosa casa en la Gran Vía de
Granada.
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