HOY ME
VOY DE VIAJE
RELATO GANADOR DEL XVIII CERTAMEN LITERARIO
VALENTÍN SANCHEZ DE VILLANUEVA MESÍA. (2011)
Celia había nacido en La Habana , no se podía afirmar que
era mulata, pero tenía ese puntito canela característico de esas tierras
caribeñas. Todo lo que conocía del mundo se concentraba en aquella
bellísima ciudad, aquel maravilloso clima y aquella buena gente, cercana y
dispuesta siempre a echar una mano.
Ya desde niña se adivinaba la belleza en la que se
convertiría años después y el “ritmo sabrosón” que corría por sus
venas, pues siempre andaba bailoteando al son de una salsa imaginaria.
Estaba empleada en la fábrica de habanos, un lugar donde,
desde la puerta de entrada golpeaba el olor acre y penetrante de las
grandes hojas de tabaco secas, que, unido al calor, la humedad y a la
multitud de empleados
que componían la plantilla, hacían bastante irrespirable
la atmósfera reinante.
Pero ella, al igual que el resto de trabajadores parecía
no advertirlo, y se afanaba, con sus largos dedos y con esa habilidad
especial que poseen los cubanos, en dar forma a esos imponentes puros
habanos, que hacían las
delicias de los fumadores de todo el mundo.
Un vigilante leía de forma cansina y monocorde las
noticias del periódico local, y a continuación se dejaba oír una emisora
de radio que relataba con rítmico ronroneo una novela de amor.
La vida en la fábrica discurría lentamente, cada día
igual al anterior e idéntico al siguiente, nada cambiaba nunca.
Celia cuidaba de su padre, enfermo de asma. Nunca tuvo el
hombre buena salud, máxime si tenemos en cuenta que desde que se levantaba
hasta que volvía acostarse, de forma permanente, había un puro colgando en
su boca.
El doctor le había prohibido terminantemente fumar, le
había aconsejado que sustituyera el tabaco por algún que otro “ronsito con
miel”, pero él simultaneaba ambas cosas.
De esta forma pasaba la vida Celia. Los cambios políticos
y la Revolución Castrista no marcaron ningún hito en su vida. Poco tenía
antes y poco tenía ahora.
Una mañana, la oportunidad llamó a la puerta de su casa.
Una vecina vino a buscarla para ver si se atrevería a sustituir a una hija
suya que trabajaba de bailarina en el Tropicana y que se encontraba
enferma. Celia no supo qué decir, pero el apuro de la mujer y la ilusión
que a ella le hacía bailar, pudieron con su indecisión, y allá que se
presentó en el famoso cabaret. Nada comunicó a su padre sobre esta
decisión, se habría negado en rotundo, y ella no quería darle un mal rato,
total sólo era para una temporada.
El empresario quedó impresionado ante la imponente
belleza de Celia, que venía acompañada por la madre de la otra chica, la
cual, al parecer, iba a estar una buena temporada sin poder asistir, y con
una mirada algo lasciva, le dio el visto bueno al cambio. El hombre no
tenía consigo la seguridad de si aquella muchachita delgada como una
espiga y de profundos ojos marrones, valdría o no para bailar, pero aunque
fuera como elemento decorativo valía la pena.
Celia demostraría, meses mas tarde, cuando pasó a ocupar
el puesto de primera bailarina, que sí valía para eso, y también para
entonces ya había dejado muy claro que era una chica decente, y no iba a
ceder a ninguna de las libidinosas proposiciones del gerente de la
empresa, cuya mirada lasciva dejó paso a otra de inmenso respeto.
No tuvo mas remedio que poner a su padre al corriente de su
nueva ocupación, al principio se enfadó mucho, la increpó ¡y de qué
manera!, pero Celia le hizo comprender que no había lugar para la
preocupación, e incluso le llevó a conocer al gerente, que relató
maravillas sobre su comportamiento en el local.
Corrían tiempo difíciles y de gran escasez, el embargo
económico que padecía la isla hacía que muchos productos no solo
escasearan, sino que algunos no existían en absoluto, tal era el caso de
los aerosoles necesarios para el asma de su padre. Celia debía
ingeniárselas a través de contactos con el exterior para hacerse con
ellos, eso si, a precio de orillo. Aún así, Celia siempre pensó que como
en Cuba no se vivía en ningún sitio, allí no conocían la prisa, todo
discurría naturalmente “al calorsito” de un buen ron.
Pero llegó un día en que un joven empresario español,
acudió a ver el espectáculo de la conocida sala de fiestas, y cuando
terminó la función la esperó a la salida. Fue muy amable, la invitó a un
café que ella aceptó no sin cierta reticencia, e incluso le regaló un
maravilloso perfume que, en principio, Celia rechazó pues no quería crear
falsas expectativas en aquel extranjero, pero que al final terminó
aceptando pues los ojos de aquel hombre tenían algo que inspiraba confianza.
Nunca usó aquel perfumen, solo, de vez en cuando, abría
levemente el tapón y aspiraba el delicado aroma, pero sin atreverse a
desperdiciar ni una sola gota sobre su piel. No en vano era el primer
perfume que había tenido en su vida y suponía que también sería el último.
Cada noche, el español la esperó para acompañarla a casa.
Largos paseos por las callejuelas de la Habana Vieja y bellísimos
atardeceres juntos, en el malecón, convirtieron aquella amistad en un
profundo amor.
Antonio, que así se llamaba el español, no era un
turista, tenía intereses en una naviera en el puerto de la Habana, y
aunque a veces viajaba, no tardaba en volver junto a Celia. Las largas
conversaciones sobre España, sus paisajes y sus gentes , las descripciones
maravillosas que Antonio hacía para ella, cuando le hablaba de los toros,
de las fallas de Valencia, de la feria de Abril en Sevilla, del Corpus en
Granada, y tantas fiestas propias de España, o cuando describía monumentos
maravillosos, catedrales góticas y románicas en
Castilla, la Alhambra de Granada, la imponente Mezquita
en Córdoba,
llenaban las cálidas tardes de los dos enamorados. Pero
el momento de
disfrute mas pleno para Celia, era cuando Antonio le
relataba anécdotas
acaecidas en su pueblo, una pequeña localidad de la
provincia de Granada,
que el español describía al detalle, y a cuyos vecinos,
Celia ya conocía como si
fueran propios.
Tantos días soñando con España y su amor por aquel
español, hicieron que Celia deseara, mas que nada en la vida, viajar a
este país.
El tiempo discurría lento y apacible, nada cambiaba en
aquel escenario del paraíso, salvo cuando alguna tormenta tropical se
empeñaba en destrozar la maltrecha ciudad, y entonces, los habaneros
volvían a poner todo en funcionamiento en un tiempo record con los escasos
medios con los que contaban, y en pocas semanas el paisaje retomaba la
calma y la normalidad.
Una tarde, en la que se habían citado junto al malecón,
Antonio se presentó con el semblante muy serio y con voz grave le explicó
que debía volver a España definitivamente. Celia se sobresaltó y el
corazón comenzó a galoparle en el pecho, un miedo tenaz se apoderó de ella
al pensar en perder el amor de aquel hombre para siempre. Luego, Antonio
añadió que no quería irse solo. Los dos sabían lo que eso significaba,
sabían que Celia, al convertirse en su esposa, podría abandonar legalmente
la isla, dejaría atrás la
vida de privaciones que hasta entonces había llevado,
podría disfrutar de todo
aquello de lo que siempre había carecido, aunque su
relación con Antonio
había mejorado en gran medida sus condiciones de vida,
pues él le traía del
extranjero vestidos, zapatos preciosos, cosméticos y como
no …jabón , el
deseado “jabonsito de olor”, que Celia no usaba sino para
perfumar los
armarios.
Desde que le conocía no tuvo ya problema alguno para obtener la medicación
de su padre, el cual continuaba bastante delicado, pero seguía resistiendo. Al
menos no habían empeorado sus problemas respiratorios.
Ahora, de realizarse esa boda, Celia podría disfrutar de
todo lo que no tenía en Cuba, al lado del gran amor de su vida y realizar
su sueño mas deseado:
¡Viajar a España!, a la que ya amaba intensamente a
través de las palabras de aquel hombre que había conseguido que se
sintiera unida a este país, aun sin haberlo pisado.
Todos estos pensamientos maravillosos pasaron por su
mente como un
destello, pero ni la increíble puesta de sol , de color
naranja intenso, que en ese momento bañaba el malecón habanero, ni la
brisa cálida que ondulaba su melena de color castaño oscuro, pudo borrar
el rictus amargo que se formó en sus labios. La realidad se erguía ante
ella como una sombra inmensa yamenazadora: Ella no se podía ir, su padre la
necesitaba mas que nunca, estaba solo y enfermo, no podía abandonarle,
tampoco cabía la posibilidad de que el anciano pudiera abandonar la isla.
Con el rostro bañado en lágrimas, Celia negó con la
cabeza, Antonio fue a replicar, pero ella le puso un dedo en sus labios,
con infinita dulzura, para ahogar sus protestas. No quería desperdiciar ni
un segundo del poco tiempo
que le quedaba para estar junto a él. Con una agilidad
casi felina se enlazó a la cintura de su amado y los enamorados se
fundieron en un prolongado beso, jurándose amor eterno y con la promesa de
Antonio, que ambos intuían que nunca se cumpliría, de volver a la isla. De
esta forma fue como Celia, con el
corazón desgarrado, vio partir al hombre de su vida, a su
único y gran amor, y
con él, perdió también para siempre la esperanza de
viajar a España, la gran
ilusión de su vida.
Cada tarde podía verse, la silueta de Celia , recortada
en el fondo rojizo y anaranjado en la distancia, de la puesta de sol,
sentada sobre el malecón, la melena ondeando al viento, y la vista puesta
en la dirección en la que ella
consideraba que estaba España. No estaba segura de si lo
que deseaba adivinar en la lejanía era la improbable llegada del un barco
que le trajera a su amor de vuelta, o solo lo hacía por rememorar aquellos
maravillosos momentos que pasó junto a él. En cualquier caso, cuando el
sol terminaba de esconderse
tras ese inmenso mar, y las sombras avanzaban amenazantes
sobre los
cercanos edificios, su rostro estaba bañado en lágrimas.
Esta mañana, como cada día, se levantó temprano, peinó su
melena hacia atrás, formando un gracioso moño, cortó un ramito de rojas
buganvillas y lo prendió en su pelo, rebuscó en un cajón de su viejo
armario y encontró un bellísimo collar de turquesas que Antonio le regaló,
su mirada se posó en aquel frasquito de colonia que Antonio le
obsequió aquella primera noche, y que permanecía en un rinconcito. El
líquido ambarino se había evaporado hasta mas de la mitad del frasco, tal
vez por las muchas veces que lo abrió para
rememorar, con su aroma, la presencia de su amor.
Tomó con sumo cuidado el collar y se lo puso sobre la
desgastada blusita blanca, completó su atuendo con una alegre falda
floreada, agarró un cestito y salió a la calle.
A lo lejos divisó un grupo de turistas que se
arremolinaba en la puerta de“ La bodeguita del Medio”, intentando probar el
famoso mojito.
Le pareció que alguien hablaba español, se acercó hasta
mezclarse entre ellos, como siempre hacía cuando veía un grupo de
españoles, pues disfrutaba al oír ese acento tan amado.
Una de las turistas, fascinada por la apariencia de
Celia, y ese aire afable que la rodeaba, le pidió hacerse una foto con
ella. Celia accedió de buen grado, y con lágrimas en los ojos y una
felicidad radiante en el rostro levantó las manos al cielo y exclamó:
¡Muchas gracias Virgencita de la Caridad del Cobre, porque hoy me voy de
viaje, finalmente, a mis ochenta y cuatro años, en esta foto, viajo a
España!, y su ajado rostro esbozó la mas juvenil de sus sonrisas.
(Este es un relato totalmente de ficción, lo único
verdadero es el último párrafo y la señora de la foto, que realmente pronunció
las palabras que dan título a este relato).
A continuación pongo la foto en la que viajó a España.
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