EL MEDIQUILLO QUE ME VA A HACER MILLONARIO
Relato finalista en el concurso Relatos de Agosto ( diario
Ideal)
Escrito por María José
Ruiz de Almirón Sáez
Corrían los años setenta, yo empezaba mi carrera de
medicina fuera del pueblo que me vio nacer. Este cambio de paisaje, que a mí
tanto me excitaba, supuso un gran disgusto para mi familia, especialmente para
mi madre que no se resignaba a tener lejos a su hijo pequeño. Para mí, que
me había criado en un pueblecito del interior, empezar a vivir en Cádiz,
fue un soplo de aire fresco en mi vida. La proximidad del mar, esa luz que
inunda la bahía, el carácter abierto y cercano de sus gentes, me cautivó de inmediato.
Me hospedada en un colegio mayor cercano a la facultad, y cada mañana recorría
el entramado de callejuelas adoquinadas para ir a clase. Sólo llevaba unos
meses allí y ya saludaba a varias vecinas, con las que coincidía cada día, como
si fueran de mi familia. Tenía yo la costumbre de levantarme con la hora justa,
así que solo podía tomar un café rápido en el colegio, y a media mañana, entre
clase y clase, me acercaba a una frutería cercana a la facultad y me compraba
una pieza de fruta. No andaba mi economía boyante como para comprar mas
cantidad, así que cada mañana, sobre las once, se repetía el mismo diálogo al
entrar yo en el establecimiento:
_¡Hombre, mira el mediquillo que me va a hacer millonario!
Exclamaba Antonio, el dueño de la frutería.
_ ¿Qué te vas a comer hoy , una manzana o un plátano?
Y sin darme tiempo a elegir, me tendía un plátano amarillo y
lustroso y añadía:
_¿Cómete mejor un plátano, que tiene mucho fósforo!
Yo me echaba a reir y le corregía:
_Que no, Antonio, que el fósforo lo tiene el pescado. El
plátano lo que tiene es potasio.
_¡Pues eso mismo he dicho! ¡venga cómetelo "pa"
que te pongas inteligente!.
Los días se sucedían plácidos, alternando mis extensas horas
de estudio, con mis largos paseos por la playa,
mis charlas con los pescadores de La Caleta, que me daban
esa cultura sobre el mar y la gente, que no se encuentra en los libros y
también, he de decir, que alguna fiestecita entre compañeros llenaba mis horas
de ocio.
Una mañana, cuando hice mi acostumbrada visita a la frutería
, Antonio el frutero, tenía mala cara. Unas oscuras
ojeras orlaban sus ojos.
_¡ Hombre, el mediquillo que me va a hacer millonario!
exclamó como siempre:
_ Buenos días Antonio ¿se encuentra usted bien? Le pregunté.
_Pues, la verdad, es que no. Los riñones no me han dejado
pegar ojo esta noche, y es que tengo en ellos "toas las piedras que faltan
en la playa", repuso.
En la semana siguiente no le vi en la frutería. Su mujer me
dijo que tenía un cólico nefrítico, pero que eso era habitual en él y que
en unos días estaría allí, de nuevo.
Efectivamente, en una semana, Antonio se encontraba ya en su
frutería dándome lecciones de bioquímica:
_"Shiquillo cómete este plátano que tiene mucho
fósforo..."
Pasaron los años y muy a mi pesar, abandoné aquella ciudad
que marcó un antes y un después en mi vida, y
pasé por otras muchas, pero ninguna dejó impreso el sello
que aquellas gentes sencillas grabaron en mi corazón.
Actualmente coordino la unidad de trasplantes en un afamado
hospital andaluz y, la semana pasada, cuando me incorporaba a mi turno, mi
compañero me ponía al tanto de los ingresos que se habían producido. Me hablaba
de un paciente en estado crítico. Se encontraba en diálisis, pues sus cansados
riñones habían dejado de funcionar por completo. El paciente se encontraba en
lista de espera para un trasplante desde hacía tiempo, pero el riñón compatible
no llegaba, y la vida del enfermo se apagaba.
Me dirigí a la habitación del paciente, que se encontraba
sedado y semi-inconsciente y cual no fue mi sorpresa, al descubrir a un Antonio
visiblemente deteriorado, porque, aunque habían pasado sólo quince años desde
que abandoné Cádiz, Antonio había envejecido mas de treinta. Su estado no le
permitió reconocerme y me sentí muy apenado por él, porque nunca había logrado
borrar de mi memoria a ese buen hombre, tan sencillo, pero con tanto carisma.
Movilicé a la unidad con mas énfasis, si cabe, para
encontrar el riñón que Antonio necesitaba, pero desgraciadamente no era
fácil, sólo un milagro salvaría su vida.
Días después, al terminar mi turno, el esperado milagro se
produjo, había un riñón para él. Olvidé por completo las doce horas de trabajo
que llevaba a la espalda, y organicé todo el equipo material y humano para
efectuar el trasplante. Confiaba en que llegaríamos a tiempo, no quería perder
a aquel gran hombre así, pero su estado era crítico. En media hora aterrizaba
el helicóptero que nos traía, en una neverita, la vida para Antonio.
Tras varias horas de quirófano, mi equipo y yo nos quitamos
las mascarillas satisfechos, el trasplante había sido un éxito, y Antonio había
resistido como un jabato. Tendría una nueva oportunidad.
Al volver de la anestesia, ya tenía mejor color y al
recuperar la consciencia, me miró sorprendido, pero con la misma complacencia
que cada día me tendía una pieza de fruta, y como si fuera una de aquellas
mañanas en Cádiz, exclamó, con voz todavía ronca por haber estado intubado:
_¡Hombre, el mediquillo que me ha hecho millonario!
_ No, Antonio, esa no es la frase, le corregí, es : el
mediquillo que me va a hacer millonario.
Entonces, haciendo un esfuerzo para intentar incorporarse
entre las lianas de sueros entre los que se hallaba inmerso exclamó:
_¡No "pisha", no me he "equivocao" tu me
has hecho millonario ya, porque me has devuelto la vida y eso, no hay
"billetes en el mundo pa pagarlo". Por algo te hice comer tantos
plátanos .¿Ves la inteligencia que te ha dado el fósforo?
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