EL GATO DE TRES COLORES
Relato finalista en el concurso convocado por Aldeas
Infatiles SOS, (28 DE ABRIL DE 2005)y que forma parte, junto con los de
escritores como Antonio Gala, Manuel Leguineche, Alejandra Vallejo
Nájera y Gloria Fuertes entre otros, del Libro HISTORIAS MÁGICAS Y VERDADERAS
editado por JdeJ Editores.
El
tímido rayo de sol que penetra a través de la rendija de la ventana, ilumina
mis ojos y despeja mi mente del cálido sueño matutino. No se percibe ruido
alguno, a excepción de algunos gorjeos de pajarillos que, descarados, van y
vienen por entre las ramas de un cerezo cercano. Es uno de esos días claros que
permiten apreciar, en la lejanía, la sutil línea del mar desde u no
de esos altos pueblecitos de la Alpujarra Granadina.
Al
salir, la brisa fresca roza mi cara. No hay nadie en la calle, tan solo, en la
distancia, se puede adivinar la borrosa silueta de un agricultor. Nunca había
visto tan cerca las cascadas de geranios cubriendo las fachadas
pulcramente encaladas. El derroche de color en los balcones cuajados de
Prímulas, fucsias, begonias y alegrías impregnan mis sentidos.
¡Estoy
sorprendida! No puedo dejar de imaginar la dulzura de estos racimos que cuelgan
de una parra que sube sinuosa hasta un terrado. En septiembre estarán en ese
punto de madurez que sólo este sol puede dar.
Es
un placer pasear por estas callecillas empedradas y empinadas, con miles de
recovecos y pasadizos, donde se estira, perezoso y largo, un gato de tres
colores.
“¡Qué
raro!”, pienso.
_“Una
gata, señorita, es una gata” _me comenta una anciana vestida de negro, con un
pañuelo igual de negro en la cabeza.
_
Dicen que cuando un gato tiene tres colores en el pelo siempre es gata, y yo de
toda la vida lo he visto así_ añade la anciana
Sonrío
y no sé qué decir ¿Cómo ha sabido lo que estaba pensando? ¿Y cómo la entiendo?
yo no hablo español.
Continúo
mi paseo . El murmullo de los pajarillos es acompañado por el sonido de una
chicharra y pienso que hoy va a hacer calor. ¿Cómo lo sé?. Yo nunca
he estado aquí antes.
Un
olorcillo a bollos recién hechos guía mis pasos hacia una casa que luce un
letrero pintado a mano donde puede leerse “Horno”. Salgo
mordiendo una delicia que no sé describir y que me ha
costado muchísimo elegir entre todas las cosas ricas allí expuestas. Pienso en
todos esos millonarios en sus yates con tripulación uniformada, desayunando en
cubierta, en algún punto del Mediterráneo, y sé que no son tan felices como yo
en este momento.
Siento
una paz interior que me inunda y unas chispas en el estómago que he oído decir
que son explosiones de alegría. Tengo suerte de ser testigo de este paisaje. Un
gato mimoso, éste de un solo color, por lo cual ignoro a que sexo pertenece, se
frota en mis tobillos. ¿Qué tienen los gatos en su movimiento que transmite
tanta quietud?
Ya
en campo abierto, un caminillo me conduce hasta una fuente donde el reflejo del
sol me hace daño en los ojos. ¿Y el agua? ¿A qué sabe esta agua?. Debo haber
hecho la pregunta en voz alta, porque un chiquillo de apenas siete años, con la
cara llena de churretes, los pelos revueltos y aspecto desnutrido contesta:
“Esta agua sabe como cuando chupas un euro”.
Se
refiere a ese saborcillo metálico que tienen las aguas con alto contenido en
hierro. Sonrío de nuevo.
El
niño mira insistentemente el dulce de mi mano y sus ojitos denotan hambre y
deseo. Se lo doy y su cara se ilumina de oreja a oreja. ¡Qué fácil es hacer
feliz a un niño!
Él
mete la mano en su bolsillo y me la tiende con la palma abierta. ¿qué es ese
objeto pequeñito que hay en ella? Parece una cestita tallada en un hueso de
aceituna. Nunca había visto nada parecido. De nuevo hace un ademán para que la
coja: _”Tómala la he hecho yo mismo”_
La
deslizo en la cadenita que llevo al cuello y le agradezco el regalo con un
beso. Vuelvo a mirarla con curiosidad, y al levantar la mirada, el niño ya ha
marchado corriendo monte abajo.
Ahora
veo más de cerca al agricultor. Va de un sitio a otro en lo que parece un gran
huerto. Cerca, un enorme perro de raza indefinible, dormita en el zaguán. No sé
por qué, aquí todo el mundo parece feliz, reconciliado con la vida…yo también.
En
ese mismo instante pero a cientos de kilómetros un bip- bip monótono
suena en la penumbra de una habitación en un hospital al sur de
Francia. Es un día gris, cubierto por una densa neblina que acentúa el calor y
el efecto de la contaminación que cubre la ciudad.
Una
mujer de mediana edad mira a través de la ventana, con la vista perdida, los
ojos enrojecidos y las mejillas arrasadas por las lágrimas. ”Sólo tiene catorce
años –piensa-, no es justo que se encuentre en esta situación. Una niña tan
buena, tan estudiosa, tan dispuesta a ayudar a los demás. Mi hija merece otra
oportunidad. Ese maldito accidente de moto . ¿por qué no se puso el casco?
Siempre lo hacía. ¿Qué pasó aquella mañana? Miles de preguntas se agolpan en su
cabeza.
La
mujer se vuelve amorosa hacia el lecho donde yace en coma, desde hace dos días,
su hija. La examina con atención buscando un movimiento, un leve pestañeo, algo
que indique que está viva. Pero el monitor que dibuja la serpenteante línea
verde es su único indicio de que la vida permanece. Le coge la mano
inerte y … nada. Pero, ¡un momento!, ¡una ligerísima presión parece oprimir sus
dedos!, ¿lo habrá imaginado?. El corazón se le desboca. Pone toda su
atención. Parece que el monitor ha acelerado su ritmo. ¡Dios mío! ¿será
cierto?... Y como respuesta a su muda pregunta, Cristine abre tenuemente los
ojos. Hay en su cara una expresión plácida y sonríe. Su madre no puede contener
el llanto, pero esta vez de felicidad.
La
madre aprieta el llamador con impaciencia, y mientras el personal médico se
apresura por los pasillos, la chica, en un tropel de palabras, intenta explicar
todo lo que ha vivido, pero solo acierta a decir: ¿Sabías mamá, que los gatos
de tres colores siempre son gatas?...
Cuando
los médicos irrumpen en la habitación la miran incrédulos, los controles
indican que todo está en orden. Parece que se va a recuperar. No se aprecian
secuelas, lo peor ha pasado.
Con
el trajín y la excitación del momento nadie repara en la cadenita que pende del
cuello de Cristine, en la que hay ensartada una cestita tallada en un hueso de
aceituna…
MARIA JOSÉ
RUIZ DE ALMIRÓN SÁEZ
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