martes, 10 de febrero de 2026

 

UN OLORCILLO DULZÓN A TABACO AROMÁTICO

UN OLORCILLO DULZÓN A TABACO AROMÁTICO
Relato finalista en el concurso de Relatos de Agosto del diario IDEAL  , publicado el 15 de Agosto de 2005.

            Su abuelo había sido un personaje clave en su vida. Ya desde niña había pasado las tardes de invierno sentada en la alfombra de la sala, absorta, escuchándole contar esas historias tan maravillosas de las que él había sido protagonista en su juventud pero no eran batalliras de abuelo, eran las historias de una vida dedicada al estudio y a ayudar a los demás, sólo que en tierras inhóspitas y salvajes. Clara asistía a ellas sin perder puntada y recreaba en su mente esos paisajes que con tanto detalle describía Don Fausto.
            El abuelo le hablaba de safaris, de la sabana, de la temporada de las lluvias cortas y las lluvias largas, de majestuosos animales, de sus viajes por Etiopía, Kenia y Tanzania. Le explicaba con todo detalle los paisajes paradisíacos que tan bien guardaba en su memoria. Cuando le explicaba de qué manera las jirafas alcanzan las ramas más altas de los árboles para comer, Clara podía verlas con total precisión a través de sus palabras.
            Cada tarde, en invierno o en verano, Clara y su abuelo se reunían en la sala o en el porche de la casa, según el tiempo que hiciera, y de nuevo la conversación volvía a tierras africanas.
            Don Fausto había sido, en su juventud, un gran antropólogo, conocedor de los orígenes del hombre en toda su esencia, y siempre estuvo convencido de que nuestros antepasados habían partido de África. Estas investigaciones le habían llevado a pasar la mayor parte de su vida en aquellos parajes a los que había aprendido a amar. Sólo al cumplir ochenta años y tras contagiarse de unas fiebres tifoideas, que casi acaban con su vida, se decidió a volver a la casa familiar, no sin cierta nostalgia, porque atrás dejaba lo que mas amaba, África y a su querida esposa que siempre le había acompañado y que había muerto algunos años antes, y que por decisión propia descansaba en aquellas tierras. Pero encontró en Clara la oyente mas atenta que cabía imaginar para sus historias, porque la chiquilla, aunque solo tenía nueve años, se interesaba sobremanera por todo lo relacionado con lo que era la pasión de su abuelo.
            El le transmitió muchos conocimientos, el amor que sentía por todos aquellos animales salvajes de imponente belleza, pero sobre todo le inculcó el interés por las personas que allí vivían , le habló de las antiguas ciudades suahili, le contó sobre la orgullosa tribu guerrera de los masai y todo lo que él había vivido en tiempo en que allí residió, las inundaciones, las sequías que asolaban los diferentes países, las epidemias de cólera y malaria, la hambruna, la falta de medios de las tribus que allí viven, y cómo cada día morían personas por la falta de medicinas y de atención sanitaria.
            Clara escuchaba esto último con las lágrimas deslizándose lentamente por su rostro, porque su abuelo realmente sufría al recordarlo, y ella lo vivía de igual modo.
            _Es importante que lo sepas_ le había dicho, y no solo tú, todo el mundo debería ayudar aunque fuera sólo un poquito.
            Y todas estas cosas las contaba el abuelo con voz grave, que a veces interrumpía para dar una chupada a su vieja cachimba, de la que emanaba un olorcillo dulzón a tabaco aromático, que Clara había asociado siempre con su abuelo, y que para nada le resultaba molesto, mas bien, todo lo contrario, el olor de la pipa de Don Fausto le resultaba tan querido, que cuando se sentía sola o tenía miedo, la simple evocación del mismo le devolvía la tranquilidad.
            Quince años más tarde, Clara, convertida en una bellísima joven, venía andando con su camisa blanca de algodón, pegada al cuerpo por el sudor y la humedad. Traía en la mano un maletín blanco. Acababa de aparcar su desvencijado todoterreno al final del camino y se disponía a pasar consulta en el hospital de campaña, improvisado por la ONG de la que formaba parte como médica voluntaria. Cuando penetró en el interior de la carpa, el calor era aún más intenso, aunque al menos, el sol y los mosquitos no picaban. Saludó uno por uno a los nativos allí reunidos. Algunos no tenían ganas de hablar, pero ella siempre conseguía arrancarles una sonrisa.
            Miró al fondo, y allí, en un rincón, tumbada sobre una herrumbrosa camilla, se encontraba una mujer embarazada, y por el volumen de su tripa, juraría que a punto de dar a luz. Al acercarse vio que era casi una niña, y no presentaba buen aspecto, tenía los ojos un poco vidriosos y la mirada ligeramente perdida. El otro médico se le acercó y le hizo un gesto negativo con la cabeza, y le susurró al oído que aquella chica tenía el bebé de nalgas y ninguno sobreviviría sin una cesárea, cosa que era totalmente imposible hacer allí, con los pocos medios de los que disponían. Clara se acercó a ella y refrescó su frente y sus labios con un paño mojado. Las contracciones eran ya muy seguidas y la chica no paraba de gritar, el parto había comenzado. Clara se enfundó unos guantes y se dispuso a intentar dar la vuelta al bebé que tan mala posición presentaba, pero era prácticamente imposible. La madre gemía y se retorcía, Clara intentaba tranquilizarla, pero ella misma no estaba tranquila, y sentía mucho miedo por la vida de aquella jovencita, le gritaba que su hijo nacería sano, tal vez para autoconvencerse ella misma, y mientras, no paraba de realizar maniobras para recolocarlo, la joven madre perdió el conocimiento. De pronto u olor dulzón a tabaco inundó la estancia, no había humo, solo el olor tan característico y tan amado, le hacía sentir la presencia de Don Fausto junto a ella, y  Clara no lo pensó dos veces, ante la atónita mirada de su compañero, abrió el maletín, sacó su instrumental e  hizo una incisión en el vientre de la muchacha y en pocos segundos se oyó un llanto débil, como el maullido de un gatito. El bebé había sobrevivido, ahora sólo quedaba estabilizar a la madre y si no había complicaciones, los dos se habrían salvado.
            En la tranquilidad de las horas que siguieron, Clara preguntó a su compañero , a qué se debió el olor a tabaco de pipa que había invadido la sala durante el parto, y el compañero se encogió de hombros, él no había olido nada.
            Unos días más tarde, la joven madre, bastante recuperada y con el bebé en sus brazos, le dijo que eligiera un nombre para su hijo, ya que le había salvado la vida. Entonces Clara, mirando hacia el horizonte, dijo con firmeza: _Se llamará Fausto_.
Mª José Ruiz de Almirón Sáez

 EL MEDIQUILLO QUE ME VA A HACER MILLONARIO

Relato finalista en el concurso Relatos de Agosto ( diario Ideal)
Escrito por María José Ruiz de Almirón Sáez
Martes, 18 de Agosto de 2009 08:37


  Corrían los años setenta, yo empezaba mi carrera de medicina fuera del pueblo que me vio nacer. Este cambio de paisaje, que a mí tanto me excitaba, supuso un gran disgusto para mi familia, especialmente para mi madre que no se resignaba a tener lejos a su hijo pequeño. Para mí, que me había criado en un pueblecito del interior, empezar a vivir en Cádiz, fue un soplo de aire fresco en mi vida. La proximidad del mar, esa luz que inunda la bahía, el carácter abierto y cercano de sus gentes, me cautivó de inmediato. Me hospedada en un colegio mayor cercano a la facultad, y cada mañana recorría el entramado de callejuelas adoquinadas para ir a clase. Sólo llevaba unos meses allí y ya saludaba a varias vecinas, con las que coincidía cada día, como si fueran de mi familia. Tenía yo la costumbre de levantarme con la hora justa, así que solo podía tomar un café rápido en el colegio, y a media mañana, entre clase y clase, me acercaba a una frutería cercana a la facultad y me compraba una pieza de fruta. No andaba mi economía boyante como para comprar mas cantidad, así que cada mañana, sobre las once, se repetía el mismo diálogo al entrar yo en el establecimiento:
_¡Hombre, mira el mediquillo que me va a hacer millonario! Exclamaba Antonio, el dueño de la frutería.
_ ¿Qué te vas a comer hoy , una manzana o un plátano?
Y sin darme tiempo a elegir, me tendía un plátano amarillo y lustroso y añadía:
_¿Cómete mejor un plátano, que tiene mucho fósforo!
Yo me echaba a reir y le corregía:
_Que no, Antonio, que el fósforo lo tiene el pescado. El plátano lo que tiene es potasio.
_¡Pues eso mismo he dicho! ¡venga cómetelo "pa" que te pongas inteligente!.
Los días se sucedían plácidos, alternando mis extensas horas de estudio, con mis largos paseos por la playa,
mis charlas con los pescadores de La Caleta, que me daban esa cultura sobre el mar y la gente, que no se encuentra en los libros y también, he de decir, que alguna fiestecita entre compañeros llenaba mis horas de ocio.
Una mañana, cuando hice mi acostumbrada visita a la frutería , Antonio el frutero, tenía mala cara. Unas oscuras
ojeras orlaban sus ojos.
_¡ Hombre, el mediquillo que me va a hacer millonario! exclamó como siempre:
_ Buenos días Antonio ¿se encuentra usted bien? Le pregunté.
_Pues, la verdad, es que no. Los riñones no me han dejado pegar ojo esta noche, y es que tengo en ellos "toas las piedras que faltan en la playa", repuso.
En la semana siguiente no le vi en la frutería. Su mujer me dijo que tenía un cólico nefrítico, pero que eso era habitual en él y que en unos días estaría allí, de nuevo.
Efectivamente, en una semana, Antonio se encontraba ya en su frutería dándome lecciones de bioquímica:
_"Shiquillo cómete este plátano que tiene mucho fósforo..."
Pasaron los años y muy a mi pesar, abandoné aquella ciudad que marcó un antes y un después en mi vida, y
pasé por otras muchas, pero ninguna dejó impreso el sello que aquellas gentes sencillas grabaron en mi corazón.
Actualmente coordino la unidad de trasplantes en un afamado hospital andaluz y, la semana pasada, cuando me incorporaba a mi turno, mi compañero me ponía al tanto de los ingresos que se habían producido. Me hablaba de un paciente en estado crítico. Se encontraba en diálisis, pues sus cansados riñones habían dejado de funcionar por completo. El paciente se encontraba en lista de espera para un trasplante desde hacía tiempo, pero el riñón compatible no llegaba, y la vida del enfermo se apagaba.
Me dirigí a la habitación del paciente, que se encontraba sedado y semi-inconsciente y cual no fue mi sorpresa, al descubrir a un Antonio visiblemente deteriorado, porque, aunque habían pasado sólo quince años desde que abandoné Cádiz, Antonio había envejecido mas de treinta. Su estado no le permitió reconocerme y me sentí muy apenado por él, porque nunca había logrado borrar de mi memoria a ese buen hombre, tan sencillo, pero con tanto carisma.
Movilicé a la unidad con mas énfasis, si cabe, para encontrar el riñón que Antonio necesitaba, pero desgraciadamente no era fácil, sólo un milagro salvaría su vida.
Días después, al terminar mi turno, el esperado milagro se produjo, había un riñón para él. Olvidé por completo las doce horas de trabajo que llevaba a la espalda, y organicé todo el equipo material y humano para efectuar el trasplante. Confiaba en que llegaríamos a tiempo, no quería perder a aquel gran hombre así, pero su estado era crítico. En media hora aterrizaba el helicóptero que nos traía, en una neverita, la vida para Antonio.
Tras varias horas de quirófano, mi equipo y yo nos quitamos las mascarillas satisfechos, el trasplante había sido un éxito, y Antonio había resistido como un jabato. Tendría una nueva oportunidad.
Al volver de la anestesia, ya tenía mejor color y al recuperar la consciencia, me miró sorprendido, pero con la misma complacencia que cada día me tendía una pieza de fruta, y como si fuera una de aquellas mañanas en Cádiz, exclamó, con voz todavía ronca por haber estado intubado:
_¡Hombre, el mediquillo que me ha hecho millonario!
_ No, Antonio, esa no es la frase, le corregí, es : el mediquillo que me va a hacer millonario.
Entonces, haciendo un esfuerzo para intentar incorporarse entre las lianas de sueros entre los que se hallaba inmerso exclamó:
_¡No "pisha", no me he "equivocao" tu me has hecho millonario ya, porque me has devuelto la vida y eso, no hay "billetes en el mundo pa pagarlo". Por algo te hice comer tantos plátanos .¿Ves la inteligencia que te ha dado el fósforo?